viernes, 3 de abril de 2020

CORONAVIRUS Y EL SALMO 91

Con placer registro la convocatoria de la Iglesia católica o Iglesia Cristiana  Universal, --que hoy algunos desconocen como nombre sustituto de los católicos,--  realice tal convocatoria y que desde cada casa se rece, ore y se lea por lo menos el salmo que es una forma real y concreta del acercamiento al Señor, Nuestro  Dios.
De los personajes más importantes en nuestro libros sagrado, La Biblia, es el Rey  David, por sus famosos salmos que, desde mi óptica, son una forma corta, rápida y certera de acercamiento a Dios Padre, cumplir con lo ordenado, y ver que hasta allí se anunció la venida del Mesías, Nuestro señor Jesús: El Cristo, El Cordero.
David ese joven pastor que  mató hasta leones y no le tenía temor a nada ni a nadie y que fue llevado al entonces rey Saúl, quien al escucharlo tocar su arpa y cantar sus canciones y canticos a Dios, observó que se alejaban sus malestares, dolores y espíritus malignos que le atormentaban.
Así es que Dios le proporcionó el camino al joven David, campesino él, y desconocedor del arte de la política y la guerra, para que curando o mitigando el mal del Rey, aprendiera a su lado  como se maneja una nación, y en el futuro reemplazarlo por encima de su dinastía.
El rey Saúl, famoso por su elección, igual que la de David, falló delante de Dios al incumplir su ley y hacer lo indebido por lo que Dios Padre le dijo le quitaría el trono a sus descendientes y que sería entregado a David portador de su conocimiento y de su Ley. Ley que es eterna e inmutable, hasta el fin de los tiempos donde se cita que lo último que se verá al finalizar este mundo será el Arca de La Alianza, donde están las Leyes y Mandatos originales, empezando por los primeros diez mandamientos entregado en la famosa tabla a Moisés en la Montaña sagrada.
 David que mató leones y serpientes sin temor, solo el respeto y obediencia al Señor, Nuestro Dios, se enfrentó al Famoso Goliat de los filisteos, imaginen un joven de unos quince años venciendo a un gigante guerrero de mil batallas sin temor solo con la confianza en su Dios.
Ese  joven David, cuyos méritos no le alcanzaron para tener el honor que le fue concedido a su hijo Salomón,- de construir el templo donde iba a residir Dios entre nosotros- fue quién nos dio el regaló de unos bellos escritos donde esta escrita la Biblia en forma corta, precisa y  de manera romántica, mejor dicho la Biblia cantada.
Los salmos tienen la ventaja que fueron construidos para luchar contra la maldad mientras nos acerca  a Dios y nos permite entender su Ley y Mandatos, como reza el primero : bendito el que medita en la Ley de Dios y en ella medita de día y de noche y jamás se siente en silla de escarnecedores ni hace confabulaciones con los malvados quienes siempre al fin caerán.
y como todo Escrito Sagrado, su meta es que despertemos en espíritu y lleguemos al Reino del Dios , en espíritu, y lo traigamos a nuestra tierra, su sabiduría y conocimiento para vivir más y de mejor manera en nuestros hogares y grupos sociales en que nos corresponda vivir, en éste caso nuestra Bella y Amada Colombia.
transcribo esta versión porque al ser antigua me parece mejor, más original aunque exija revisión de vocabulario y algunos sentidos de expresión.
SALMO 91
Morando bajo la sombra del Omnipotente
1El que habita al abrigo del Altísimo

Morará bajo la sombra del Omnipotente.
2Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío;


Mi Dios, en quien confiaré.
3Él te librará del lazo del cazador,


De la peste destructora.
4Con sus plumas te cubrirá,


Y debajo de sus alas estarás seguro;


Escudo y adarga es su verdad.
5No temerás el terror nocturno,


Ni saeta que vuele de día,
6Ni pestilencia que ande en oscuridad,


Ni mortandad que en medio del día destruya.
7Caerán a tu lado mil,


Y diez mil a tu
Hollarás al cachorro del león y al dragón.#Lc. 10.19.
diestra;


Mas a ti no llegará.
8Ciertamente con tus ojos mirarás


Y verás la recompensa de los impíos.
9Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza,


Al Altísimo por tu habitación,
10No te sobrevendrá mal,


Ni plaga tocará tu morada.
11Pues a sus ángeles mandará acerca de ti,#Mt. 4.6; Lc. 4.10.


Que te guarden en todos tus caminos.
12En las manos te llevarán,


Para que tu pie no tropiece en piedra.#Mt. 4.6; Lc. 4.11.
13Sobre el león y el áspid pisarás;

Hollarás al cachorro del león y al dragón.#Lc. 10.19.
14Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré;

Le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre.
15Me invocará, y yo le responderé;

Con él estaré yo en la angustia;

Lo libraré y le glorificaré.
16Lo saciaré de larga vida,

Y le mostraré mi salvación.


sábado, 21 de diciembre de 2019

La Teoria de la relatividad y Dios

tomado de : https://www.elespectador.com/noticias/cultura/la-teoria-de-la-relatividad-y-dios-articulo-893884?fbclid=IwAR0EJpvs-citoBKBLu6M23Es9sTIsdC7JZHOosumzoI1rEY0Mot6u9SxoO4
Camilo García
La teoría de la relatividad que el genial científico judío-alemán Albert Einstein formuló hace un siglo forjó una nueva y revolucionaria imagen del universo físico que los hombres habían tenido hasta ese momento dada por las leyes de la gravitación universal descubiertas por Newton a finales del siglo XVII.
Una imagen sujeta a la realidad más esencial de ese universo y que ha servido no solo de base o premisa esencial para todas las investigaciones sobre él que los científicos han llevado desde entonces sobre este universo sino también para que todos comprendamos mejor sus rasgos fundamentales.
Esta teoría tiene dos enunciados fundamentales. El primero, que toda masa o materia es energía concentrada que cuando se pone en movimiento con velocidades cercanas a las de la luz, es decir a 300.000 kilómetros por segundo, se convierte en energía; así una pequeña masa de materia cuando se encuentra en esta condición libera una gran cantidad de energía. Fenómeno que resumió en su célebre formula de E=mc2. Esta fórmula revolucionaria se convirtió al poco tiempo en el sustento o punto de partida de la labor de algunos científicos que se propusieron lograr la fisión o la división de los átomos de la materia, en especial del uranio, para provocar la liberación de una gran cantidad de energía. Y cuando lo lograron forjaron la condición necesaria para que los más poderosos Estados del mundo, comenzando por el norteamericano, tomaran la decisión de fabricar las bombas atómicas, las mayores armas de destrucción masiva que los seres humanos han creado en su historia.
Bombas que demostraron en la realidad con creces su inmenso poder destructivo cuando el presidente norteamericano de Harry Truman ordenó en agosto de 1945 lanzarlas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki provocando no solo la destrucción de miles de edificios, casas, fábricas, puentes, etc. sino también la muerte de al menos 75.000 civiles y graves lesiones corporales, enfermedades cancerígenas, etc. a cientos de miles más. Con el argumento, o mejor, el pretexto de poner fin a la guerra con Japón el gobierno norteamericano no solo le demostró al mundo este poder destructivo de estas armas que en ese momento poseían en exclusiva –convirtiéndose así en la principal potencia militar del planeta- sino que cometió un inmenso acto de barbarie, uno de los mayores de la historia de las guerras que los hombres han librado entre sí.
Einstein, que además de ser un gran científico fue un gran humanista, amante de la paz, se opuso en la década de los 30 a los planes del gobierno norteamericano de Franklin Roosevelt de fabricar las bombas atómicas precisamente por su gran potencial destructivo. En una carta que le dirigió en 1939 le dijo que “Una bomba de este tipo, almacenada en un barco y detonada en un puerto podría perfectamente destruir el puerto entero y parte del territorio que lo rodea”. Y unos meses antes de morir, en 1955, se integró al comité internacional creado por el gran matemático y filósofo inglés Bertrand Russel con el propósito de luchar para limitar la fabricación y el uso de estas armas. Seguramente cuando Einstein formuló la ecuación científica entre materia y energía nunca se imaginó que fuera algún día empleada para fabricar estas bombas atómicas por orden del poder político norteamericano y posteriormente de la Unión Soviética y otros Estados de países ricos y poderosos del mundo. Hecho que puso de relieve una vez más –en esta ocasión con un sentido trágico- que los hombres que crean o forjan grandes obras no saben o no pueden prever todas las consecuencias que se desprenden de las mismas; y en caso de que las conozcan se les escapan de su control y poder.
El segundo enunciado revolucionario de la teoría de la relatividad es que el trayecto de movimiento de la luz en el espacio no describe una línea recta sino curva, debido a la acción gravitacional de los cuerpos físicos que la rodean. Fenómeno que confirmó la validez de las proposiciones de la geometría no euclidiana formuladas por el matemático alemán Bernhard Riemann a mediados del siglo XIX. Enunciado, además, que establece que, si suponemos o imaginamos la existencia de un cuerpo físico, del cuerpo de un ser humano, por ejemplo, que se mueva a la velocidad de la luz, ocurrirá un hecho extraordinario que nuestras percepciones naturales no nos permiten constatar: que el tiempo de existencia de ese cuerpo se prolongará, o lo que es lo mismo, que el tiempo en él transcurrirá más lentamente que el de un cuerpo semejante que no se mueva a esa velocidad. De tal manera que si ese cuerpo material se moviera de modo constante e invariable a esa velocidad, su existencia progresivamente se alargaría en el tiempo hasta hacerse infinita y “eterna”, es decir, sería una existencia que terminaría por existir libre o por fuera del tiempo mismo.
Pero, además, sería un cuerpo que terminaría estando u ocupando como la luz al mismo tiempo, simultáneamente, todos los puntos de un inmenso espacio físico. De ahí que en este caso límite el movimiento de ese cuerpo sería su negación contraria, es decir, sería un cuerpo que se encontraría en reposo o quietud absoluta. El filósofo y teólogo alemán del siglo XV Nicolás de Cusa –El cusano- en su libro La docta ignorancia sostuvo que llevadas al límite las figuras opuestas de la geometría, coinciden; así el polígono se confunde con el círculo que la encierra y una línea recta se torna semejante a una curva. La teoría de la relatividad ha mostrado hoy la validez de esta intuición filosófica de este pensador alemán en el terreno de la realidad física del universo al mostrarnos que dos propiedades o estados opuestos de los cuerpos materiales, en este caso el movimiento y el reposo, se funden en uno cuando esos cuerpos son llevados a existir en el límite absoluto de sus posibilidades reales.
Y por su parte, la teoría de la Bing-Bang, de la explosión original, que hoy es aceptada por la comunidad científica como la más plausible y válida para describir y explicar el origen del universo se basa también en este enunciado básico de la teoría de la relatividad. La diminuta masa-partícula de energía que explotó alguna vez hace millones y millones de años dando lugar a la formación de los cuerpos materiales que no cesan de expandirse corresponde o es plenamente coherente con esta situación límite absoluta que Einstein describió “imaginariamente” con su teoría. En los instantes previos a esa explosión imperaba “el reino absoluto de la nada”, es decir, no existía ningún cuerpo material que ocupara un determinado espacio y cuya existencia transcurriera en un determinado tiempo; al no existir cuerpos materiales no pueden existir el espacio y el tiempo que solo se constituyen cuando estos cuerpos se forman y existen.
Por eso la teoría de la relatividad es la teoría científica moderna del universo físico que le permite a los hombres pensar o concebir la existencia de Dios, de ese ser existente por fuera del tiempo y en permanente reposo/ movimiento que está por encima de ese universo físico-natural, como el ser que se mueve de modo constante e indefinido a la velocidad de la luz. Hecho que los hombres creyentes desde siempre han captado de modo intuitivo al atribuirle a Dios la propiedad de la luz. De ahí que esta teoría ofrece a los hombres actuales la posibilidad de pensarlo como una posibilidad lógicamente plausible, así esa posibilidad nunca se pueda cumplir en la realidad, y, por lo tanto, no se pueda probar. "Pensar la idea de Dios, que Kant consideró como propia de la actividad razón de los hombres, encontró en esta teoría fundamental el medio o recurso científico no para refutarlo de plano, como siempre desde los tiempos de la Ilustración, pensaron y piensan muchos hombres, sino, al contrario, para afirmar que la idea de Él que han forjado tiene un fundamento en el contenido racional del saber científico; que su imagen no es una representación irracional o “antinatural” que contradice los postulados básicos del saber científico de la naturaleza sino más bien una idea que este saber sostiene y reafirma como una pura posibilidad".
Idea que, sin embargo, al no poderse constatar o probar en la realidad fáctica con los medios y recursos de esas ciencias de la naturaleza los hombres no la pueden conocer. Sigue siendo como Kant lo señaló con razón hace más de dos siglos una “cosa en sí” que pueden pensar o concebir con la actividad de su razón, pero, al mismo tiempo, no pueden conocer científicamente. “Cosa en sí” incognoscible que, inesperadamente, la teoría de la relatividad, la teoría científica esencial del universo físico, contribuyó a mantener en los tiempos actuales, en los que, paradójicamente, muchos hombres han dejado de creer en su existencia, en la verdad de la idea o el pensamiento de Dios. 


lunes, 24 de junio de 2019

EL PODER DE LA ORACION

La oración, es para las personas espirituales, la herramienta más poderosa, que permite al individuo llegar al contacto con Dios Padre, sus ángeles y corte diocesana. En ocasiones veo en Facebook y páginas sociales, especializadas como demeritan la oración, igual que la religión, pretendiendo imponer en las personas una visión errónea de lo que es la oración, la religión y los comportamientos que de allí de derivan. En primer nivel de análisis, la oración permite esa comunión entre espíritus y Dios Padre, debido a que primero hay que buscar el Reino de Dios, este logro es únicamente a través del espíritu, por lo que debemos siempre al acostarnos DESEAR llegar en espíritu al Reino de Dios o las Mansiones del espíritu. por ello ritos o rituales, como el de la misa, para los católicos, el rosario para los Marianos, y las promesas de visitas a santuarios, hechas de corazón, permiten el despertar del espíritu a través de la centricidad de pensamiento, que es la concentración ciento por ciento en el evento que se realiza. En la medida que se realiza el acercamiento al Reino de Dios, se logra el DESPERTAR ESPIRITUAL, verdadera esencia de la religión, la meditación, espiritualidad o el camino del no creyente. y digo esto último, porque conocí a un caballero que es ateo y hasta blasfemo- dada su ignorancia y atrapamiento de la filosofía materialista-, que es compensada por su amor a la defensa personal y artes marciales así como de sus ayunos y amor por los animales. Por ello, los que están imbuidos por grupos orientales o por grupos satánicos o gnósticos, y en algunos casos metafísicos- seguidores de san German-, buscan degradar a los católicos y demás cristianos que se apoyan en la biblia con el ánimo de desviarlos de su corriente religiosa. En algunos casos encuentro como con los seguidores de san German, que inicialmente hablan divinamente sobre la Biblia y Jesús, el Cristo, el Cordero, y después empiezan a bajar del curubito a Jesús e introducen a san German, diciendo que ya la época de ese maestro pasó y estamos en la de san German, y ya los sacan del cristianismo. En líneas generales, todos aportan su grano de arena, y la invitación es a que conlleven a las personas al despertar de su espíritu, sin degradar a las demás organizaciones religiosas, siendo sinceros y honestos para que cada uno elija su camino. Un segundo análisis, de la oración, nos permite ver en la universalización de su vocablo, que la oración es aquella realizada cada vez que hacemos algo o pensamos en algo con intensidad, es decir siempre que pensamos o actuamos estamos orando y de esta manera caminamos en ese despertar espiritual, así obremos inadecuadamente. En la medida que crezca en nosotros ese poder espiritual, se genera automáticamente el despertar y así podemos ver nuestros errores, malas conductas y obrares, alejándonos de ellas -las malas conductas-, perfeccionándonos. de tal manera vemos que el homosexualismo, pedofilia, relaciones intrafamiliares o incestos, el robo, el asesinar- sin justa causa-: abuso del poder contra los seres humanos, animales, plantas y el planeta mismo, mentir, etc.. Por ello, el espiritismo, la brujería, hechicería y demás, son rechazadas en nuestras Sagradas Escrituras, porque TENEMOS LA CAPACIDAD de realizar la consecución de resultados y contactos espirituales sin acudir a esos mecanismos que afectan nuestro adelanto y nos desvían del correcto desarrollo. Importante si es el obrar porque nos acerca a la consecución de lo deseado, complementando y materializando lo deseado si es de este plano lo anhelado. Para las personas , digamos menos adelantadas, la oración como dice Ilda, amiga estudiosa de estos temas, no alcanza a llegar si quiera las nubes, mucho menos salir del planeta, queda la obra- que también requiere adelanto espiritual-. Otra forma de decirlo, es como mamá, se es corto de espíritu, que indica falta de fuerza espiritual, poco despertar espiritual o falta de fe; que con el obrar, se fortalece, y más, mucho más con la oración pura y fuerte. Es así, que las grandes religiones, realizan oración a las seis de la mañana, doce del día y seis de la tarde, donde buscan unirse la gran mayoría de creyentes y seguidores de ellas, incluidos los grupos que no las comparten pero si buscan su alimento espiritual. y, es que he visto en misa hasta a brujos y espiritistas alimentándose de nuestra energía espiritual y de la que trae nuestro sacerdote y sus acompañantes en la consagración. Quizá debido a sus impurezas o rechazo de Dios Padre y su Reino, pero que como nuestro cuerpo requieren de la energía espiritual para poder vivir. De allí, finalmente, la importancia de santos, santones, sacerdotes, religiosos consagrados, y de la población que pida siempre perdón por los pecadores, y que frenen los intereses contrarios que tratan de alejarnos de la religión y fe religiosa para que nos descarriemos, y ellos imponer su orden que es contrario al debido y de sentido común. así, también, que nos traigan ese reino de dios, a través de la oración.. Reino que es energía pura y sabiduría para discernir y poder obrar bien por encima de falacias y engaños.

sábado, 8 de septiembre de 2018

¡QUÉ SON LOS DONES DEL ESPÍRITU ?(II)

tomado de https://concentrarparabienvivir.blogspot.com/p/xi-que-son-los-dones-delespiritu-n-o.html ...parte II No ha de sernos en manera alguna beneficioso, sino muy perjudicial, vivir en una miserable choza, o llevar vestidos andrajosos, o comer alimentos de inferior calidad, o vernos obligados a vivir junto con personas de natural vulgar y grosero. Cristo nunca predicó que los hombres deben vivir pobremente; lo que predicó fue que siempre anduviésemos sin bolsa ni bolsillo, que vendiésemos nuestros bienes y los diésemos a los pobres. Siguiendo el verdadero sentido de esta idea, puede inferirse que la perfecta fe en el cultivo de este estado mental es lo que ha de traernos todas aquellas cosas de que tengamos necesidad. Cristo dijo en substancia: “Mira ante todo de poner tu mente y tu espíritu, de la manera más perfecta que puedas, en la línea de correspondencia y de relación con Dios, o sea la fuerza infinita del bien, y cuando hayas hecho esto, vendrá a ti la parte que hayas merecido, obteniendo así un aumento de poder espiritual que ha de alcanzarte todo aquello de que tengas necesidad”. No veo ninguna razón para no incluir entre nuestras necesidades las casas, los carruajes y los vestidos más ricos, como todo aquello que pueda ser algún placer a los ojos, a los oídos o a cualquiera de nuestros sentidos. El esplendor no envilece a nadie; tanto valdría decir que la esplendorosa luz del sol nos ensombrece. Si estamos con Dios, o sea con el infinito, cuando diligentemente lo hemos buscado, nos proporcionará buenos dones, y en verdad no pueden ser tales ni los alimentos de inferior calidad, ni los vestidos andrajosos, ni las habitaciones insalubres y sin comodidad. La profecía o adivinación es un don espiritual que poseen gran número de personas, ejerciéndolo hasta de un modo inconsciente. Nuestro espíritu, que es nuestro YO más elevado, tiene el poder de inspirarnos los mejores caminos y los mejores modos para llevar adelante los propios negocios. En mu-chas ocasiones, al toparnos por la primera vez con una persona, nos avisa y advierte ese don que la tal persona tiene un defecto de carácter contra el cual nos hemos de poner en guardia. Despreciar estos avisos es como despreciar nuestra propia profecía, contentándonos entonces con ser enteramente gobernados por el consejo o por el temor de los demás, bajo el cual nos sentiremos oprimidos o domina-dos, sin disfrutar de la libertad o independencia de la vida que desearíamos tener, y que tendríamos si hubiésemos aprendido a confiar en nuestra propia intuición, en nuestra enseñanza interna, la única enseñanza verdaderamente segura que puede guiarnos en esta y en otras existencias, porque consiste en la parte que nos corresponde en la relación de los hombres con Dios, o sea con el infinito poder del bien. Cuanto más y mejor cultivemos esta parte del infinito poder que hemos merecido, mayor claridad dará a nuestra mente y más provechosa será para nosotros su acción. Y cuando los hombres y las mujeres creen en sí mismos, y para hacer lo que se hayan propuesto han aprendido a confiar en su propio poder, sin embargo aceptando la ayuda de los demás, aunque considerando esta ayuda como secundaria para dar impulso a aquello que han resuelto emprender, significa que los tales saben ya de un modo absoluto que forman parte del Infinito Poder, y que, como parte de él que son, poseen, en más o en menos, sus cualidades y les será dable alcanzar todo aquello que un día se propusieran. Toda mente puede ser profeta con respecto a sí misma, y en su propio país; si así se hubiese reconocido, no sería el acto de profetizar tan menospreciado como ha sido y es aún, ni los hombres despreciarían tan funestamente sus internas enseñanzas, aun a costa de hacer perder a nuestra mente el poder de dirigirnos por el camino más recto, mientras seguimos los consejos de alguno que tal vez nos lleva directamente a la perdición. Nuestra mente y nuestro espíritu viven muy adelantados siempre a nuestra vida terrenal y de los sentidos materiales. Con sus superiores sentidos, de una mayor finura de percepción, puede el espíritu, en un tiempo inconcebiblemente corto, ver y cumplir las mismas cosas que más adelante verá y cumplirá también, en el plano inferior de su existencia, mediante los sentidos físicos del cuerpo. Como existe alrededor de nosotros un mundo físico, existe también con igual realidad un mundo invisible que nos rodea, constituido por elementos invisibles, y el cual en todos sus aspectos es un exacto reflejo del mundo mental o ideal de cada individualidad, con la circunstancia de que los mundos espirituales de dos personas que viven en una misma casa y se sientan todos los días a una misma mesa pueden ser tan diferentes el uno del otro como el mundo de los trópicos es distinto del mundo ártico. Cada uno de los actos que han tomado realidad en nuestro mundo visible, concerniendo muy de cerca a nuestra propia existencia, viene a ser en cierto modo el resultado de la acción de nuestro espíritu, precedido de un acto semejante en el mundo invisible; y es que los ojos proféticos del espíritu han previsto aquel acto muchos días y aun muchos años antes que se haya realizado. Esta acción de profetizar, del mismo modo puede cumplirse refiriéndose a los demás que a nosotros mismos. Ésta es la razón por la cual mu-chas veces, en el momento de realizar algún acto, nos ilumina la mente como un relámpago la idea de que anteriormente y en las mismas circunstancias habíamos ya realizado la misma acción. Y es que vemos entonces realizado en el mundo físico lo que antes vio realizado nuestra mente en el mundo espiritual, acto en que había tomado parte nuestro espíritu junto con el espíritu de las personas que no conocíamos aun físicamente, pero que conocimos en el mundo visible más adelante. Si consideramos las intuiciones o profecías de nuestro propio espíritu como si fuesen simples fantasías o inútiles divagaciones, o bien en la mayor parte de las cosas que nos conciernen nos dejamos guiar por la opinión de los demás, nunca estaremos advertidos de ningún acontecimiento ni de la fase más feliz de nuestra vida que se haya de realizar en lo futuro, y aun de esta manera podemos retardar su advenimiento, por lo cual cabe afirmar que muchas veces nosotros mismos retrasamos nuestra propia felicidad, aunque ja-más podremos destruir su posibilidad. Nuestro YO de hoy, dentro de cien años hará tal vez uso de otro cuerpo, y nuestro YO de cien años después tendrá seguramente mucho mayor poder que nuestro YO actual; y tiempo vendrá en que todos los espíritus habrán alcanzado el necesario poder y en que serán capaces de mirar a través de sí mismos, o mejor dicho: hacia atrás, viendo todas sus pasadas existencias físicas, desde la más lejana e inferior a la más elevada de todas, como si constituyesen una sola y única existencia, pues los diferentes cuerpos de que hemos hecho uso durante esas vidas vienen a ser algo así como los vestidos que hemos llevado en una sola vida terrenal. Todas las cosas que vemos y todos los sucesos que se realizan ante nuestros ojos físicos no tienen su origen en este mundo, sino en el mundo del espíritu. Las cosas materiales que existen aquí son como la imagen de las cosas que realmente existen en el mundo espiritual, pero como una imagen de orden relativamente inferior. A medida que nuestro mundo mental, el nuestro propio, adelanta y progresa, con su impulso y sus inspiraciones nos hace adelantar y progresar. Nuestro mundo espiritual es el que da calor y aliento a todas las cosas que hacemos o realizamos en esta vida, del mismo modo que el sol material da aliento y calor al mundo físico, haciendo vivir a las plantas, animales y hombres de un orden superior, también los elementos espirituales o fuerzas que actúan sobre este planeta van aumentando siempre en perfección y poder.

¿QUÉ SON LOS DONES DEL ESPÍRITU?(I)

tomado de: https://concentrarparabienvivir.blogspot.com/p/xi-que-son-los-dones-delespiritu-n-o.html No hay más que un solo espíritu, un solo poder, una sola fuerza en el universo, pero es incontable la diversidad de sus manifestaciones y de sus modos de expresión. Esta fuerza es la que mueve la más ligera brisa, y levanta el agua de los mares, e impulsa a la Tierra en su órbita; y es la misma que hace germinar la semilla y crecer las plantas, y que pinta las flores con matices inimitables, y colora el plumaje de los pájaros y de las aves, y da fuerza a sus alas para volar, y accionar sobre el instinto, o razón inferior, de los animales. La más elevada expresión de esta fuerza la vemos en el hombre, porque en el hombre está concentrada una mayor cantidad de esta fuerza. En más elevados e invisibles órdenes de existencia, esta fuerza está aún concentrada en proporciones inmensamente mayores que en el hombre, siendo, por consiguiente, mucho mayor su poder, del mismo modo que en el hombre lo están mucho más que en los animales inferiores. Es un don del espíritu la fuerza que, al oscurecerse el horizonte de nuestra vida, o al apartarse de nosotros nuestros amigos, o al vernos acosados por los acreedores, o al caer en desgracia nuestros asuntos o negocios, nos mantiene la mente y el corazón en el más tranquilo de los estados, dejándonos tan satisfechos y alegres como cuando todo sonreía alrededor de nosotros. Si poseemos este don especial, o, en otras palabras, si hemos reunido la fuerza necesaria para poder conservar, en medio del mayor de los desastres, un tranquilo estado mental, no dudemos de que reinamos sobre el triunfo y de que el triunfo ha de venir a nosotros; porque la poderosa fuerza de nuestra mente es sentida por otras mu-chas mentalidades, esté nuestro cuerpo dormido o despierto, y manteniendo en ellas el interés por nosotros, de alguna manera habrán de acudir a nuestra ayuda. Si mantenemos el estado mental de la con-fianza y de la resolución, espiritualmente, o sea por medio de invisibles elementos, nos pondremos en relación con otras mentalidades llenas de confianza, de resolución y de actividad. Llegamos así a con-fundirnos con esas mentalidades, pues, al darles una parte de nuestras propias fuerzas, recibimos en cambio una parte de las suyas, y de este modo contribuimos juntamente a la realización del triunfo. La sagacidad en los negocios es un don del espíritu o poder espiritual. Hay ciertos negocios que exigen una cierta facultad de profecía, por medio de la cual se conozca cuándo se ha de comprar, de qué modo se ha de comprar, y cuándo y cómo se habrá de vender. Exigen también el conocimiento de la naturaleza humana hasta el punto de saber descubrir, o mejor dicho: sentir la honradez o la falta de honradez nada más que con un sola mirada. Poseemos, pues, un sentido por el cual descubrimos la naturaleza del espíritu de los demás, y nos dice con toda claridad si ese espíritu es bueno o es malo, del mismo modo que, por medio del sentido físico del tacto, conocemos o descubrimos la diferencia entre una superficie lisa de otra que no lo es. En el mundo de los negocios existe también un poder espiritual que enseña a economizar el tiempo y las energías, pudiendo quien lo posee cumplir en sólo una hora aquello mismo que a otros les exigirá todo un día de trabajo. Son muchos los grandes éxitos comercia-les obtenidos nada más que por la acción de uno de esos poderes del espíritu. El poder espiritual puede ser usado en todos los órdenes de la vida, y en realidad éste es el único poder, en cualquiera de sus manifestaciones, que está en constante acción. Lo que sucede es que puede ser empleado tanto en los planos elevados de la existencia como en los más bajos y ruines. El hombre espiritual no vive en el reino de los sueños, ni en las nubes, ni tiene siempre la cara fosca, ni presenta nunca aires de gran languidez, como si las cosas de este mundo no fuesen dignas de su consideración, o fuesen más bien tristes que alegres. Espiritualidad significa, por el contrario que posee la mayor agudeza de inteligencia, la mayor finura de percepción, la mayor cantidad de fuerza espiritual que pueden estar reunidas en un hombre solo y, además, que se tiene la suficiente sabiduría para hacer de estas fuerzas el empleo más provechoso. Espiritualidad significa que se pese la mayor capacidad de gobierno que es posible en un hombre, sea esta capacidad ejercida en el imperio reducido de una familia o en el imperio vastísimo de una nación. Los dones espirituales, pues, consisten en toda clase de poderes y en toda clase de aptitudes para el empleo útil de estos poderes y de estos talentos. Existe un don espiritual por medio del cual se han hallado las propiedades curativas que poseen las plantas, las raíces y las hierbas. Toda la naturaleza expresada en substancia, substancia que ven nuestros ojos físicos, es al propio tiempo una expresión de fuerza mental; y cada planta posee una peculiar expresión o cualidad de esa fuerza, y, naturalmente, si es aplicada con la necesaria precisión, puede ayudar al espíritu individual a la curación de las enfermedades. Pero todas las cosas visibles son expresiones de las más bajas o relativamente groseras formas del espíritu o de la mente, y por eso tienen también un más limitado poder. De ahí que, cuando aplicamos o suministramos algún remedio material, la mayor garantía de curación no reside en ese remedio, sino en el poder mental, y más aún en la fuerza mental o espiritual que nos es propia y la cual pone al cuerpo fuera del alcance de los ataques de la enfermedad. Vestimos el cuerpo con tejidos de lana o de algodón, haciendo como una aplicación externa de estas substancias, para protegernos contra el frío. Pero yo creo en el poder de la mente para resistir al frío y llegar hasta sentir bienestar llevando encima mucha menos ropa de la que ordinaria-mente se usa. Gradualmente puede nuestro espíritu llegar a alcanzar este poder; pero conviene disminuir la cantidad de ropas con que hemos de abrigarnos en tiempo frío, si antes no hemos acrecido en nosotros o reunido por medio de apropiados ejercicios mentales toda la fuerza espiritual que es menes-ter para poder resistir al frío. Si creo que una medicina determinada ha de contribuir a curar una enfermedad de mi cuerpo, o sea que su peculiar fuerza espiritual se añadirá a mi propia fuerza espiritual para obrar juntamente sobre el cuerpo, será mucho mejor y más eficaz que tomar dicha medicina, fijar mi pensamiento en ella. Por esta misma razón, nunca me precipito a tomar remedios ni estimulante de ninguna clase al primer signo de dolor o de debilidad, sino que recurro en seguida a mis fuerzas menta-les o espirituales, y en muchos casos esto basta al principio y aun para mucho después. El don del pensamiento curativo es también un don espiritual, y es propio de todos los hombres, pues goza de él cada uno de nosotros en más o menos, según que nuestra constante corriente espiritual contenga mayor o menor cantidad de ideas de pureza, de amistad, de vigor, de confianza, de resolución y de amor hacia los demás hombres. Dirigir hacia una persona enferma una corriente espiritual de este orden constituye un elemento de fuerza tan real que tiene poder para devolverle sus energías. Si enviamos a los demás, fuerzas que emanan de una fuente de salud, esto es, de un espíritu sano, es claro que ahuyentaremos la enfermedad, o que, cuando menos, daremos gran consuelo al cuerpo. Nuestro propio pensamiento, ayudado por los pensamientos sanos de los demás, llegará a constituir una substancia real capaz de reconfortar o fortalecer el órgano que esté enfermo o dolorido, abriendo ancho camino por el cual pue-den llegar hasta él los elementos necesarios para lograr su restablecimiento. Todo dolor físico consiste simplemente en una pérdida de elementos vitales que se ha producido en la parte afectada, con lo cual la sangre adquiere el poder de afluir y estancarse allí, a lo que llamamos una inflamación. Pero en la sangre no está la verdadera vida del cuerpo; la sangre no es más que el conductor de los invisibles aunque reales elementos de vida, o sea el espíritu, y, naturalmente, si la sangre se ha empobrecido, pierde el poder que necesita para el traslado de los elementos vitales. De este modo va reuniéndose la sangre en un sitio o lugar determinado, y el esfuerzo del espíritu para hacerla correr se concentra muchas veces de un modo excesivo en este sitio u órgano, lo cual produce un sufrimiento o un dolor; este dolor o este sufrimiento significan que la fuerza invisible, el espíritu, no se halla distribuido con igualdad por todo el cuerpo, sino que reacciona con exceso en cierta parte de él, en cuyo caso alguna otra parte o algún órgano del cuerpo siente la falta de esa fuerza y, por consiguiente, se debilita. La idea de salud puede reavivar y dar nuevas energías a los cuerpos enfermos, y ésta es la razón de que, cuando estamos enfermos, nos parece sentirnos mejor y recibimos una impresión agradable si nos visita una persona querida, de espíritu robusto y lleno de esperanza. Da una persona siempre aquello que tiene, y de ella recibimos y absorbemos mentalmente elementos vitales. Conviene, pues, que las personas y los amigos que rodean el lecho del enfermo, o que se hallen siquiera en la casa del enfermo, intenten al menos ponerse en el estado mental de la esperanza, de la fuerza y del amor, manteniendo también en la mente la idea de que el espíritu de la persona enferma es tan fuerte como conviene a su estado y que la angustia que le causa su dolor es producto tan sólo del esfuerzo que hace el espíritu para volver a la completa posesión de su instrumento, que es el cuerpo, con lo cual le darán elementos de esperanza y de valor, y fortalecerán los elementos vitales que han de ayudar a la curación del cuerpo, habiendo hecho la buena obra de emplear los poderes del espíritu en ayudar a la reconstitución del equilibrio en un cuerpo enfermo. Si en vez de esto, los que rodean el lecho del enfermo están tristes y pesarosos, melancólicos y desesperanzados, arrojan en la lucha espiritual elementos de tristeza y de desaliento, con lo que convierten su acción en nefanda, pues hacen más dura y más difícil aún la lucha del espíritu con los elementos que le son contrarios. Si diez, o veinte, o mil, o cien mil amigos de una persona enferma se muestran desalentados y sin esperanza respecto a su curación, como esa misma persona, estén lejos o cerca de ella, a causa de que alguno ha dicho que la enfermedad es incurable, lo que hacen es aumentar todavía el volumen de las ideas de desesperanza que actúan sobre el espíritu del paciente. Todas esas personas habrán ejercido su poder espiritual en una dirección equivocada. Debe tenerse en cuenta, además que este poder, así para el bien como para el mal, así para la vida como para la muerte, será tanto más poderoso sobre el cuerpo de un enfermo cuanto mayor sea el número de las mentes que proyecten su pensamiento en la dirección de una persona determinada. El don curativo puede y debe ser empleado colectivamente; y si, cuando el cuerpo de algún robusto y provechoso espíritu es atacado por un enfermedad, todas las mentes dirigen hacia esa persona una corriente de ideas de esperanza y de vigor –ideas llenas de la alegría de la vida, no de la tristeza de la muerte, y también llenas del deseo de que ese espíritu entre otra vez en el dominio completo de su cuerpo y que pueda descubrir la causa de la enfermedad que padece para en adelante guardarse de ella, con su acción alargarán mucho más su vida entre los hombres. Esto sería, y es en realidad, la plegaria de la fe, y esta plegaria de la fe salvará al enfermo, esto es: fe en una cierta cualidad de poder que poseen los elementos mentales para dar fuerza y devolver sus energías a un cuerpo decaído o debilitado por una causa cualquiera, y fe en que son un real aunque invisible elemento constructivo. Éste es el poder de Dios, o sea el Infinito Espíritu del bien, que ejerce su acción en nosotros y sobre nosotros, para combatir nuestras enfermedades y las de los demás; y éste es el poder que todos nosotros vamos acumulando en esta y en otras existencias, hasta que podrá mantener nuestros cuerpos en el más perfecto estado de salud, libres de todo dolor, y siempre más y más llenos de vida y de fuerza. Este poder hará nuestra mente tan sana y tan robusta como nuestro cuerpo, libertándola de toda tristeza, de toda oscuridad, de toda desesperanza y de toda otra forma de enferme-dad mental; no otra cosa significa en realidad la frase: “Dios secará las lágrimas de todos los ojos”. El mundo va progresando constantemente en este sentido, y aun la ciencia médica hace cada día menos uso de las drogas, en comparación a los antiguos tiempos, como también cada día va apartándose más y más de la absoluta dependencia de lo material y apoyándose, más o menos inconscientemente, en los invisibles y espirituales elementos de la Naturaleza. No son pocos actualmente los médicos de espíritu superior y fuerte, llenos de energías, de confianza y de resolución, que deben los triunfos alcanzados en su práctica tanto o más a la corriente de ideas de esperanza, de fuerza, de alegría que dirigen hacia el enfermo, que a las medicinas a que apelan. Existen dos clases de doctores o médicos. Unos que alimentan las enfermedades del paciente, otros que alimentan el cuerpo del paciente; unos mantienen viva y en acción la enfermedad, otros mantienen vivo y en plena acción el cuerpo del enfermo; unos mantienen la enfermedad en el cuerpo, otros la arrojan fuera del cuerpo. Unos y otros ejercen la influencia de su especial don espiritual sobre el paciente, pero en forma completamente distinta y con diversos resultados. Otro de los dones espirituales consiste en que, cuando tenemos mentalmente formado un plan o propósito determinado, sepamos mantenernos en él, impidiendo que se nos desvíe ni se ejerza sobre nosotros influencia alguna, ni por la tentación, ni por la burla, ni por el ridículo de los demás. Si tomamos la resolución de hacer en algún concepto, en artes o en negocios comerciales, algo que sea más grande y elevado de cuanto vemos actualmente en torno, el don espiritual de que hablamos nos mantendrá en esta resolución. Aquel que quiera triunfar, mentalmente o imaginativamente debe siempre vivir, moverse, pensar y actuar como si hubiese ya obtenido el ansiado triunfo, o no lo alcanzará jamás. Los verdaderos reyes en el imperio de la mente son aquellos que piensan siempre lo mejor de sí mismos y se tienen en tan grande estima aunque se vean obligados a permanecer temporalmente en lo que el mundo situaciones humildes, como si se hallasen sentados en un trono. Los que acierten a vivir en me-dio de estos sentimientos de la propia estima son los que siempre se tendrán a sí mismos todo el respe-to debido, y éstos son los que, en cualquier circunstancia de la vida en que se hallen, por la fuerza de este don espiritual alcanzarán siempre el punto culminante que de derecho les pertenece. Este resultado se debe a la acción de sus fuerzas mentales puestas al servicio de una firme resolución, más que al empleo de las fuerzas físicas del cuerpo. Las fuerzas físicas han de entrar en acción solamente cuando el espíritu o la clara visión mental han descubierto la cosa, o el camino, o el lugar y tiempo en que o sobre el que dicha fuerza ha de ser empleada, del mismo modo que el carpintero no hace uso de la sierra hasta que ha medido bien y decidido lo que ha de cortar con ella. Si el carpintero se pusiese a aserrar a tontas y a locas, lo echaría todo a perder y no construiría jamás una sola pieza útil, y eso es en realidad lo que hacen millares de personas con su cuerpo. Estas tales ponen toda su fuerza en las cosas más pequeñas, se angustian por lo más insignificante; y cuando se han pasado toda una mañana barriendo hasta el último átomo de polvo de todos los rincones de su cuarto, y han limpiado bien toda clase de objetos que caen bajo sus manos, y se han pasado una hora de ansiedad aguardando una carta que no ha venido, y luego una hora más buscando entre un montón de papeles una carta o una anotación sin importancia alguna, cabe preguntar: ¿qué han logrado, a no ser el haberse angustiado vanamente y malgasta-do por nada su fuerza y su poder espirituales? Hemos de procurar vivir en espíritu lo más intensamente posible, desde el momento que es el espíritu quien guía nuestras relaciones con lo material. Si mentalmente nos rebajamos nosotros mismos ante los méritos de otro hombre, o envidiamos su mejor manera de vivir, o nos anonadan y nos humillan sus pretensiones en cualquier sentido que sea, o sentimos el pecaminoso autodesprecio que nos hace exclamar: “No puedo resistir a tal o cual pensamiento”, lo que hacemos en realidad con esto es poner en nuestro camino la más fuerte y más alta de las barreras. Lo cierto es que el mundo guarda para cada uno de nosotros lo mejor que tiene, y nos dará lo mejor que tiene -no ciertamente las casas, y los carruajes, y los ricos vestidos de otros hombres como nosotros-, sino otros semejantes a aquéllos, pero cuando los hayamos merecido, y cada uno de nosotros los puede igualmente merecer si tiene fe suficiente en la ley espiritual y en la condición mental que nos ha de traer las tales cosas, condición y ley que constituyen la única fuerza que realmente ha de darnos aquello que necesitamos y merecemos. Esta fuerza no puede causarnos ningún agravio ni puede extraviarnos. Antes bien, nos alegrarán todas las cosas de este mundo. Es necesario y altamente beneficioso que todos nuestros gustos estén siempre de conformidad con lo que esta fuerza demanda, Pero hay maneras rectas y manera torcidas de alcanzar las cosas buenas de este mundo; en otras palabras: hay maneras sabias y maneras no sabías de lograr aquello que necesitamos. Injusticia o rectitud son palabras que sirven para decir exactamente lo mismo que ignorancia o falta de sabiduría. No nos echaremos al fondo de un precipicio mientras luce clara en el espacio la luz del sol, pero es muy posible que caigamos en él si andamos en medio de las tinieblas. No cumpliremos un acto, cualquiera que sea, si vemos con la más perfecta claridad que ha de ser en nuestro daño, y tampoco lo haremos si no ha de aprovecharnos en una u otra forma.

lunes, 5 de junio de 2017

Fuego – Pentecostés

tomado de https://palabrasconmiel.wordpress.com/simbolos/fuego/ Fuego – Pentecostés Estas son las propiedades del fuego: ilumina, y por eso su simbología se asocia a la luz; representa la inteligencia, la imaginación, la sabiduría, la “chispa creativa”; se mueve y calienta y con eso sugiere imágenes de poder, energía, vitalidad; el calor que produce es indispensable para crear condiciones de vida; quema y aquí reside su asociación con la idea de peligro, destrucción y purificación. El fuego tiene, por todo esto, simbología positiva y negativa. El fuego es bueno porque produce calor y posibilita la vida. El fuego es dañino porque quema, cuando genera más calor que el que un cuerpo puede resistir. Es irrefrenable, indominable; se expande rápidamente. La riqueza del símbolo también reside en que podemos percibirlo por los cinco sentidos, y cada uno de ellos aporta algún significado. Lo que captamos por los sentidos acerca del fuego, está determinado en gran parte por el combustible que lo alimenta: vemos variedades de colores según sea la leña, el gas, o el elemento que se consuma; olemos distintos olores, por el mismo motivo; escuchamos el crepitar de una fogata, y en cambio el fuego de la hornalla de gas es casi silencioso; sentimos al tacto el frío o el calor; gustamos con distinto sabor una comida según la temperatura que tenga. Por todas sus propiedades, el fuego es un símbolo adecuado para hablar de Dios en sus manifestaciones de poder, energía, expansión y generación de vida. El fuego aparece en numerosas teofanías (theos: Dios, fanérosis: manifestación): Alianza con Abraham: Gén 15,7-21 Vocación de Moisés: Ex 3,1-10 Alianza con el pueblo: Ex 19,3-8 Acompañamiento del pueblo en el desierto: Ex 40,34-38. Fuego en Pentecostés judío y Pentecostés cristiano Alianza con el pueblo: Ex 19,16-20 16 Al amanecer del tercer día, hubo truenos y relámpagos, una densa nube cubrió la montaña y se oyó un fuerte sonido de trompeta. Todo el pueblo que estaba en el campamento se estremeció de temor. 17 Moisés hizo salir al pueblo del campamento para ir al encuentro de Dios, y todos se detuvieron al pie de la montaña. 18 La montaña del Sinaí estaba cubierta de humo, porque el Señor había bajado a ella en el fuego. El humo se elevaba como el de un horno, y toda la montaña temblaba violentamente. 19 El sonido de la trompeta se hacía cada vez más fuerte. Moisés hablaba, y el Señor le respondía con el fragor del trueno. 20 El Señor bajó a la montaña del Sinaí, a la cumbre de la montaña, y ordenó a Moisés que subiera a la cumbre. Algunas interpretaciones judías sobre la teofanía del Sinaí: “Dios modeló el aire, lo extendió, lo cambió en algo como una llamarada ardiente. (…)Una voz resonó en medio del fuego que fluía desde el cielo, la voz más maravillosa y tremenda, porque la llama estaba dotada con un lenguaje articulado que se expresaba en una lengua familiar a los que la oían. Ella expresaba sus palabras con tanta claridad y distinción que parecía que el pueblo estaba viéndola, más que oyéndola” (De Decalogo, 32-33.46). “Todas las palabras que salían de la boca del Todopoderoso se dividían en setenta idiomas” (T B Shab 88 b). “ La voz salió y se dividió en setenta voces, en setenta lenguas, de modo que todos los pueblos la oyeron, y cada pueblo oyó la voz en su propia lengua.” (Rabí Johanan) Nacimiento de la Iglesia, pueblo de Dios: Hech 2,1-4 Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse. (ver comentario más abajo) * Las teofanías también incluyen fuego en el llamado a los profetas: Is 6,1-8; Jer 20,7-9; Ez 1,4-28 * Elías es reconocido como un profeta que tuvo palabras de fuego: 1 Después surgió como un fuego el profeta Elías, su palabra quemaba como una antorcha. 2 Él atrajo el hambre sobre ellos y con su celo los diezmó. 3 Por la palabra del Señor, cerró el cielo, y también hizo caer tres veces fuego de lo alto. 4 ¡Qué glorioso te hiciste, Elías, con tus prodigios! ¿Quién puede jactarse de ser igual a ti? 5 Tú despertaste a un hombre de la muerte y de la morada de los muertos, por la palabra de Altísimo. 6 Tú precipitaste a reyes en la ruina y arrojaste de su lecho a hombres insignes: 7 tú escuchaste un reproche en el Sinaí 7 y en el Horeb una sentencia de condenación; 8 tú ungiste reyes para ejercer la venganza y profetas para ser tus sucesores 9 tú fuiste arrebatado en un torbellino de fuego por un carro con caballos de fuego. 10 De ti está escrito que en los castigos futuros aplacarás la ira antes que estalle, 10 para hacer volver el corazón de los padres hacia los hijos y restablecer las tribus de Jacob. 11 ¡Felices los que te verán y los que se durmieron en el amor, porque también nosotros poseeremos la vida! (Eclo 48,1-11) Juan Bautista anuncia un bautismo de fuego: 7 Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: «Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? 8 Produzcan el fruto de una sincera conversión, 9 y no se contenten con decir: “Tenemos por padre a Abraham”. Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. 10 El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego. 11 Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero aquel que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. Él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. 12 Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible». (Mt 3,7-12) En esta predicación de Juan Bautista, se unen los dos aspectos del fuego: El fuego destructor, que purificará de los pecados y rebeldías. El fuego que encenderá los corazones, el ardor del Espíritu. A este fuego se refiere Jesús: Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! (Lc 12,49) De este ardor habla el Señor en el Apocalipsis, cuando rechaza a los tibios: 14 Escribe al Ángel de la Iglesia de Laodicea: «El que es el Amén, el Testigo fiel y verídico, el Principio de las obras de Dios, afirma: 15 “Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! 16 Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca. (Ap 3,14-16) * * * Pentecostés: Una Iglesia libre de la Ley Lic. María Gloria Ladislao La fiesta judía de Pentecostés La fiesta cristiana de Pentecostés, al igual que la Pascua, tiene sus raíces en la tradición judía. En esa fiesta, el pueblo judío celebra la entrega de las Tablas de la Ley hecha por Dios, a través de Moisés, a su pueblo reunido en el Sinaí. Es la fiesta de la Alianza, y en hebreo se la llama Shavuot, es decir, fiesta de las semanas, porque debe hacerse siete semanas después de la Pascua (Dt 16,9-12; Lv 16,15-23). La Pascua judía celebra la liberación de Egipto y Shavuot celebra que, en el desierto, Dios da su Ley indicando a este pueblo naciente el estilo de vida que asumirá de ahí en más: los mandamientos. Así, vemos que en la tradición judía Pascua y Pentecostés están íntimamente unidos. El pueblo, liberado de la esclavitud de Egipto, asume con los diez mandamientos un estilo de vida propio. Con la Alianza del Sinaí se compromete a ser pueblo de Dios y a vivir de ese modo: “Haremos todo lo que ha dicho Yavé” (Ex 19,8). Pentecostés en el libro de los Hechos de los Apóstoles La fiesta de Shavuot, recuerdo de la Alianza, era una de las fiestas en que los judíos peregrinaban al Templo de Jerusalén. Por eso el libro de los Hechos nos habla de una gran multitud que estaba allí reunida cuando se produce la venida del Espíritu Santo sobre la comunidad cristiana (Hech 2,1-41) En el relato cristiano de Pentecostés, varios elementos evocan la Alianza del Sinaí. En primer lugar, ambos son acontecimientos de los cuales participa todo el pueblo/comunidad reunido. “Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos. Uno de aquellos días Pedro se puso de pie en medio de los hermanos; el número de los reunidos era de unos ciento veinte…” (Hech 1,14-15). Están los Doce, está María, están las mujeres de la comunidad, están los otros discípulos, en ese número redondo de ciento veinte, dándonos ya la imagen de una iglesia que irá creciendo en pequeñas comunidades alrededor de los apóstoles. La comunidad cristiana está toda reunida en un “lugar alto” y hay un ruido que viene del cielo con fuego, así como en el Sinaí Dios descendió sobre el monte con ruido de trompeta y con fuego. La casa se llena toda con el viento, así como el monte Sinaí retemblaba todo con la presencia de Dios (Ex 19,18). En el Sinaí Dios regaló su Ley como norma de vida; ahora se regala El mismo en el Espíritu Santo para conducir a su pueblo, la Iglesia. Libertad y vida en el Espíritu Así como en la tradición judía, Pascua y Pentecostés también están íntimamente unidos en nuestra fe cristiana. En Pascua fuimos liberados de la muerte y del pecado, para vivir ya hoy en la nueva condición de resucitados. ¿Y cómo podremos hacer eso realidad? Para eso no basta conocer la Ley, por eso Jesús prometió su Espíritu. Es el Espíritu que vive en nuestro corazón el que nos da hoy vida de resucitados, vida nueva. San Pablo, un judío al que Jesucristo se le cruzó en el camino, entendió esto muy bien. En su carta a los Gálatas él muestra que la Ley no puede hacernos vivir como hijos de Dios. Porque la Ley nos dice lo que hay que hacer, pero no nos da la fuerza para hacerlo. Por el contrario, si es el Espíritu el que obra en nosotros, entonces sí nuestras obras, conducidas por el Espíritu, serán las que Dios quiere. Esta confianza en lo que Dios quiere, y no en nuestras propias fuerzas, es lo que lleva a San Pablo a afirmar: “Si somos conducidos por el Espíritu, no estamos bajo la Ley” (Gál 5,18). A esta Iglesia naciente de la Pascua, el Espíritu Santo, en Pentecostés, le da el estilo de vida por el cual será conducida “sin estar bajo la ley”, en la libertad de los hijos e hijas de Dios. Una vida que no estará pendiente de cada mandamiento de la Ley, sino que será tener el corazón maleable y disponible para que el Espíritu actúe.