domingo, 28 de junio de 2020

NUESTRAS FUERZAS MENTALES . EL ARTE DE OLVIDAR

NUESTRAS FUERZAS MENTALES Capi­tulo III EL ARTE DE OLVIDAR de PRENTICE MULFORD

La química del porvenir reconocerá¡ que es el espíritu una verdadera substancia, como hoy son tenidos por substancias los ácidos, los óxidos y todos los demás principios quí­micos.
No existe vacío alguno entre lo que llamamos el mundo material y el mundo espiritual. Ambos están constituidos por substancias o elementos en grado distinto de sutileza, fundiéndose imperceptiblemente el uno en el otro. En realidad, la materia no es más que una forma visible para nosotros de los sutiles elementos a que damos el nombre de espirituales.
Nuestro invisible e impalpable espíritu hace fluir continuamente de nosotros un elemento de fuerza tan real como la corriente eléctrica que nuestros ojos no ven. Estas corrientes espirituales se combinan con otras corrientes espirituales, y de tales combinaciones salen nuevas cualidades de espíritu, así­ como de combinaciones de varios principios quí­micos se forman principios o elementos nuevos o con propiedades nuevas.
Si arrojamos fuera elementos espirituales de odio, de pena o de dolor, habremos puesto en acción fuerzas dañosas para nuestra inteligencia y para nuestro cuerpo. El poder de olvidar no es otra cosa que el poder de arrojar muy lejos de nosotros los elementos espirituales desagradables y perniciosos, poniendo en lugar suyo los que hayan de servirnos para vivir sin dolor.
Si arrojamos fuera elementos espirituales de odio, de pena o de dolor, habremos puesto en acción fuerzas dañosas para nuestra inteligencia y para nuestro cuerpo. El poder de olvidar no es otra cosa que el poder de arrojar muy lejos de nosotros los elementos espirituales desagradables y perniciosos, poniendo en lugar suyo los que hayan de servirnos para vivir sin dolor.
El estado de inteligencia que prevalece en nosotros, o sea el carácter de nuestro espíritu, es el que conforma nuestro cuerpo y acaba por darle sus rasgos distintivos, haciéndonos odiosos o amables, repulsivos o atrayentes para los demás. Nuestro espí­ritu es el que forma nuestro modo de andar, nuestro modo de movernos y nos da los ademanes y gestos que nos son propios. El más insignificante movimiento del menor de nuestros músculos obedece a un movimiento de la inteligencia, a un deseo del espí­ritu. Una inteligencia determinada, determina siempre un especial modo de andar. Una inteligencia siempre débil, vacilante e insegura, determinará en el individuo una marcha igualmente insegura y vacilante. El espí­ritu es el que une en un solo conjunto todos los músculos del cuerpo y es también el elemento espiritual que encierra cada uno de ellos.
Contemplad a un individuo, hombre o mujer, de esos siempre descontentos, sombríos o melancólicos, o solamente de los que decimos que tienen mal genio, y veréis en su rostro las huellas de la acción de esta fuerza oculta de su espí­ritu, modelando y constituyendo la expresión singular con que los conocemos. Son muchas las personas que no gozan nunca de buena salud, porque esta fuerza acciona en ellas lo mismo que un veneno y da origen a varias formas de enfermedad. Un pensamiento muy persistente dirigido a un determinado propósito u objetivo, especialmente si este propósito ha de ser en beneficio de los demás tanto como en el propio, dará a todos nuestros nervios una fuerza extra-ordinaria, y no es en realidad más que un sabio egoísmo esta acción que ha de beneficiar a los demás tanto como a nosotros mismos. Desde el punto de vista espiritual, y en este mundo, todos nosotros constituimos una sola unidad y no somos más que fuerzas que accionan las unas sobre las otras, para el bien o para el mal, llenando esto que nuestra ignorancia llama el vacío del espacio. Estas fuerzas son como nervios que se extienden de hombre a hombre, de existencia a existencia. En este sentido, pues, todas las formas de vida están unidas y fuertemente relacionadas, de manera que bien podemos decir que todos nosotros no somos sino los miembros de un cuerpo único. Un mal pensamiento o una acción mala es como una pulsación de dolor que conmueve hasta el fin de la humanidad a millares de seres organizados. Un pensamiento bueno o una acción benévola causa, pero en sentido agradable, los mismo efectos. Es, pues, ley de la naturaleza, que la ciencia ha demostrado, que no podemos hacer a nuestro prójimo un bien real ni causarle dolor alguno sin que nosotros no participemos también de ese mismo dolor o beneficio.
La pesadumbre que causa una pérdida, sea ella de seres queridos o de bienes materiales, debilita mucho la inteligencia y el cuerpo, y nuestro dolor tampoco sirve de nada al amigo o pariente por quien lloramos, sino que más bien lo perjudicamos, pues nuestros pensamientos tristes llegan hasta las personas que han pasado ya a otras condiciones de existencia, y son fuente de dolor para ellas.
Una hora de irritación o de mal humor, haya sido expresado o no en palabras, gasta una parte de nuestras fuerzas, sin beneficio para nosotros ni para los demás, creándose tal vez, por el contrario, grandes enemigos. Directa o indirectamente, es indudable que perjudica siempre nuestros negocios. Las duras miradas y las palabras agrias alejan de nosotros a la gente de buenas costumbres. La irritación o el odio contra los demás son también elementos que contribuyen a la formación de nuestra inteligencia. Todas las fuerzas de nuestro espíritu pueden ser empleadas para nuestro gusto y en provecho propio, del mismo modo que en el plano actual de nuestra existencia podemos contribuir, en una reunión de personas de buena voluntad, con las fuerzas de nuestro cuerpo, a procurarnos alegres distracciones y comodidades.
De manera que hacernos capaces de arrojar fuera de nosotros mismos  a olvidar - un pensamiento o una fuerza que ha de perjudicarnos, es un medio importantí­simo para ganar fuerza corporal y claridad de inteligencia, y esta fuerza corporal y esta claridad de inteligencia son prendas seguras de éxito en toda clase de empresas. Es un medio también para fortalecer nuestro espí­ritu, y no hemos de olvidar que las fuerzas de nuestro espí­ritu accionan sobre otros seres, aunque se hallen a millares de leguas de distancia, con ventaja o con desventaja para nosotros, por lo cual podemos afirmar que disponemos ya de una fuerza nueva, diferente y aparte de las que son propias del cuerpo, fuerza que está siempre en acción, obrando sobre nosotros mismos y sobre los demás, y aun afirmamos que es la fuerza que está más en acción en todo momento. Pero hoy usamos de ella sin saberlo, inconscientemente, por lo tanto a ciegas, hundiéndonos así­ en el lodazal del infortunio y del error. Empleada sabiamente y con plena conciencia, esta fuerza nos proporcionarí­a todos los bienes imaginables.
Esta fuerza es nuestro propio pensamiento, y toda idea que surja de ahí es de capital importancia para la salud y el buen éxito de las empresas. Una fortuna ganada a costa de la salud no puede considerarse un verdadero triunfo.
Toda inteligencia se educa a sí­ misma, en general, de un modo inconsciente, según el peculiar carácter o las cualidades propias del espí­ritu, y una vez ya hecha esta educación, es imposible cambiarla inmediatamente. También podemos, de un modo inconsciente, haber educado nuestra inteligencia en estado de peligrosa turbación, para nuestro espíritu. Y así­ nunca hemos de dedicarnos a esta obra en estado de inquietud, temiendo una fuerte pérdida o con el recelo de que esto o aquello no suceda como deseamos, todo lo cual son fuerzas destructoras que malgastan nuestras energí­as, nos disponen mal para los negocios y nos causan pérdidas materiales y aun pérdidas de amigos.
Pidamos persistentemente, y con firme voluntad, aquella condición de carácter que notemos en nosotros decaí­da o muy débil, y la sentiremos pronto aumentada y fortalecida. Pidamos, por ejemplo, una mayor paciencia, mayor decisión o más claridad de juicio, más valor o más confianza en nosotros mismos, y veremos acrecer estas cualidades. Todas estas cualidades están constituidas por elementos reales, aunque forman parte de lo más sutil, de lo que no puede ser descubierto y reconocido por la química de la naturaleza.
El hombre que está descorazonado, desesperado, o bien triste y quejoso, es que inconscientemente ha atraído hacia sí­ los elementos de estas condiciones de vida, apropiándoselas, debido a que su inconsciente mental está muy mal educado. La inteligencia es de naturaleza magnética, y por esto atrae hacia sí toda fuerza espiritual en que se fija y la hace penetrar en sí­ misma. Despertemos la idea del miedo, y el miedo aumentará en nosotros en grado sumo. Dejemos de resistir a la tendencia del miedo, no hagamos esfuerzo alguno para arrojar el miedo, y es lo mismo que abrirle la puerta para que penetre en nosotros, esto es, hemos pedido el miedo. Fijemos nuestra inteligencia en la idea de valor, y entonces nos veremos imaginativamente valerosos, y más valerosos seremos, en realidad, cuanto más tenaz-mente fijemos esta idea en nuestra inteligencia. Esta vez hemos pedido el valor, y el valor ha venido a nosotros.
No tiene límite el mundo invisible para proporcionarnos toda clase de cualidades espirituales. Con las palabras ¨Pedid, y recibirás¨, Jesucristo quiso decir que toda inteligencia que necesite de alguna cualidad, la pida continuamente y llegará a adquirirla. Pidamos, pues, con discernimiento y obtendremos siempre lo mejor
Cada segundo que empleamos en una sabia petición, nos dará un incremento de poder, que nunca es poder perdido para nosotros. Con este esfuerzo ganamos constantemente energí­as que podemos ir acumulando, pues no las hemos de gastar en mucho tiempo. Lo que necesitamos en todas las empresas no es sino un mayor poder, para alcanzar buenos resultados y llevar adelante nuestra fortuna; poder para realizar en torno de nosotros todo aquello que nos ha de favorecer y ha de favorecer a nuestros amigos, pues no podremos dar de comer a los demás si nosotros mismos no tenemos con que alimentarnos. Este poder no es la misma cosa que reunir en la memoria las opiniones de otras muchas personas o una serie de hechos sacados de los libros, los cuales frecuentemente demuestra el tiempo que son puras ficciones. Todo hecho verdadero, en algún grado o plano de existencia, ha llegado a cumplirse por el poder del espí­ritu o por las invisibles fuerzas originadas en la inteligencia, obrando sobre otras inteligencias, ya próximas, ya lejanas, pero de un modo tan real como es real la fuerza de nuestro brazo al levantar una piedra.
Un hombre puede ser ignorante, y, sin embargo, arrojar fuera de su inteligencia determinadas fuerzas que ejerzan influencia sobre los demás, así­ están cerca o lejos, en forma que ha de resultar beneficiosa para su fortuna; mientras que el hombre estudioso trabajará con toda energí­a para obtener tan sólo una miserable pitanza, y es que en la ignorancia tiene el hombre un gran poder espiritual. La inteligencia no ha de ser como un saco donde se meten hechos y más hechos: la inteligencia no es otra cosa que un poder de acción para alcanzar aquellos resultados que se deseen. Escribir libros no es sino una pequeña parte de la acción que puede ejercer la inteligencia. Los más grandes pensadores primero trazaron el plan de su acción y después actuaron. Así lo han hecho Colón, Napoleón, Fulton, Morse, Edison y otros muchos que lograron remover y conmover el mundo; obrando de este mismo modo lograremos iguales resultados.
Todo plan, propósito o deseo que se relacione con un negocio o con un invento es una positiva producción de invisibles elementos espirituales, y recordemos que el espí­ritu es como un imán. Empezamos por producir una fuerza que va dirigida a la consecución de nuestro deseo, y si persistimos con energía en el propósito hecho, iremos acumulando fuerzas sobre otras fuerzas, las cuales de éste modo se irán fortaleciendo también cada vez más, obteniendo al fin resultados cada vez más favorables.

Cuando abandonamos un propósito, antes de haberlo conseguido, lo que hacemos es detener la aproximación de las fuerzas que venían ya hacía nosotros y detener igualmente las que habí­amos ya logrado atraer y reunir. El éxito, en todo negocio, depende de la perfecta aplicación de esta ley. La persistencia en un propósito es el mejor modo de atraernos fuerzas o elementos favorables, de modo que sea cada vez más fácil su realización en el mundo exterior.
Cuando nuestro cuerpo se halla en el estado que llamamos sueño, estas fuerzas, o sea nuestro espíritu, están en plena actividad, ejerciendo su influencia sobre otras inteligencias. Si nuestro último pensamiento antes de dormirnos ha sido de ansiedad, de recelo o de odio contra alguno, su acción tendrá para nosotros tan sólo pésimos resultados. Pero si nos sentimos alegres, confiados y nos dormimos en paz con todos los hombres, entonces nuestro espíritu será el más fuerte y su acción tendrá para nosotros los mejores resultados. Si el sol se pone sobre nuestra ira, o nuestra rabia, nuestro encolerizado espíritu, mientras durmamos, accionará sobre los demás en ese estado, y su acción solamente nos traerá perjuicio.
Tenemos, pues, una gran necesidad de cultivar el poder de olvidar lo que puede causar daño en nuestra vida espiritual, mientras el cuerpo descansa, para cambiar aquellos elementos perjudiciales en otros que sean atrayentes de lo bueno.
Hoy dí­a son inmensa mayoría los que no piensan nunca en averiguar y comprobar el verdadero carácter de su espíritu. Dejan que su fuerza mental o inteligencia se guí­e por sí­ misma, y cuando se les ocurre una idea que los perturba hondamente, no saben decir: ¨No quiero pensar en ello¨. De este modo atraen inconscientemente hacia sí­ elementos o influencias que los perjudican, y sus cuerpos enferman a causa de la clase de ideas y de pensamientos que consienten que tenga su mente.
No bien hayamos descubierto el daño que nos causa la persistencia de alguna idea perturbadora, empecemos a poner en acción el poder de arrojar fuera de nosotros esta idea, y cuanto más nos ejercitemos en resistir a estos perjudiciales pensamientos, iremos constantemente ganando más y más poder para la resistencia del mal. ¨Resiste al diablo, Dijo Cristo-, y el diablo saldrá de tu cuerpo¨. No diremos que sea lo mismo que un diablo el hecho de hacer mal uso de las fuerzas mentales; pero no hay duda que tiene aún mayor poder para afligirnos y torturarnos. Un estado de inteligencia triste o melancólico es para nosotros un verdadero demonio. Puede ser causa de enfermedad y puede hacernos perder a nuestros mejores amigos y aun originarnos importantes pérdidas materiales, debiendo tener presente que el dinero contribuye no poco a la satisfacción de nuestras necesidades y a nuestro mayor bienestar, pues sin dinero tampoco podrí­amos mejorar. El pecado que indudablemente se encierra en la pasión del oro no estriba precisamente en sí­ misma, sino en amar más el oro que las cosas necesarias que el oro nos proporciona.
Para obtener el mayor éxito en un negocio cualquiera, para hacer los mayores adelantos en un arte o para lograr todo el resultado apetecible en un estudio determinado, es de absoluta necesidad que durante el dí­a, en repetidas ocasiones, nos olvidemos de todo y concentremos todas nuestras fuerzas en aquel negocio, en aquel arte o en aquel estudio; y aun será bueno, antes de entregarnos a ellos, dejar en el más completo reposo nuestra inteligencia, para reunir nuevas fuerzas con que emprender con mayor impulso el objeto propuesto.
Estar girando continuamente en torno de un mismo plan, estudio o especulación, el cual llegaremos o no a realizar, es lo mismo que malgastar las fuerzas de nuestro cerebro en hacer girar la rueda de un molino, con lo cual nos estamos diciendo siempre la misma cosa una y otra vez, desgastando nuestras fuerzas en la repetida construcción de una sola idea, labor completamente perdida, pues con la primera vez bastaba, ya que todas las demás no son sino duplicados de ella.
Si nos sentimos siempre inclinados a pensar o hablar de un asunto o cuestión determinada y no procuramos olvidarla cuando es menester, poniéndola siempre sobre el tapete en toda ocasión y en todo lugar; si mentalmente o conversando no nos esforzamos en tomar el tono general de lo que se habla en torno, o no mostramos nunca interés por lo que interesa a los demás; si hablamos siempre tan sólo de lo que nos importa a nosotros, callando cuando se hable de otros asuntos, caemos en el peligro de convertirnos en simples y en verdaderos maniáticos, destruyendo de este modo nuestra propia reputación y nuestra fuerza.
El que así­ obra, acaba por hacer predominar en él una sola y única idea sobre todas las demás, tal vez sin quererlo, pues no ha aprendido a olvidar en determinadas ocasiones su propósito, pretendiendo, además, que los otros se adapten a sus propias miras. Por esta sola razón, ha perdido el poder de olvidar, y no puede ya arrojar fuera de su cerebro la única absorbente idea que ha venido albergando, y así cada vez lleva todavía más hacia dentro esa única idea, rodeándose, a fuerza de pensar y de hablar siempre de lo mismo, de una atmósfera o elemento espiritual tan verdadero y positivo como son los elementos que podemos ver y tocar.
Otros sienten en torno de ellos la idea o el pensamiento de otra persona, y lo sienten desagradablemente tal vez, y es que hay quienes son capaces de sentir el paso o el contacto del pensamiento ajeno con un sentido que es innominado todaví­a. En este sentido, sin embargo, que no siempre nos explicamos ni ejercitamos conscientemente, está el secreto de las favorables o desfavorables impresiones que nos causan a primera vista determinadas personas. De nuestro espíritu fluye constantemente una especie de viva corriente, lanzando al espacio elementos espirituales que afectan a otros, desfavorablemente o favorablemente para nosotros, según que sus respectivas cualidades concuerden mejor o peor y según también la agudeza de sensibilidad que tiene el espíritu con el cual choca el nuestro; y téngase en cuenta que podemos ser afectados por el pensamiento de otra persona, está muy cerca o muy lejos de nosotros. Así­, podemos decir que estamos hablando con los demás mientras está quieta nuestra lengua, y que fabricamos elementos de odio o de destrucción cuando nos hemos retirado a la quietud de nuestro dormitorio.
Un maniático se convierte muchas veces en un mártir, o él, cuando menos, lo piensa así­. No hay causa que exija indispensablemente el martirio, a menos que sea por ignorancia, pues nunca fue, en efecto, de una absoluta necesidad. El martirio implica siempre carencia de raciocinio o de tacto para la proclamación de un principio cualquiera, nuevo en el mundo. Analizad al martirizado, y siempre hallaréis en el mártir una fuerza o una idea que lo obligó a obrar en una forma antagónica y ofensiva para alguien. Un hombre de mucha inteligencia, a fuerza de pensar siempre en una misma idea, acaba por obsesionarse con ella. El antagonismo que se ha ido formando entre su pensar y el pensar de los demás ha existido primeramente en su propia inteligencia. ¨Yo no vengo con la paz “ dijo Cristo- , sino con la espada.¨  Mas ahora han llegado ya en la historia de este mundo los tiempos en que la espada será envainada para siempre. Hay personas de mucha bondad que hacen ahora uso inconscientemente de la espada, cuando de ser á¡s avisadas emplearí­an mejor sus fuerzas. Espiritualmente, podemos usar y aun abusar de la espada de la represión o corrección, y de la espada de la aversión o del aborrecimiento, contra aquellos que no escuchan o no entienden lo que decimos, y también la espada del desmerecimiento o prejuicio contra aquellos que no se avienen a adaptar nuestros peculiares hábitos o costumbres. Toda discordancia espiritual que descubrimos en nosotros contra los demás, es una verdadera espada, pero espada de dos filos, pues al herir a los otros nos hiere a nosotros mismos. Tal es el elemento espiritual que arrojamos fuera, tal es el que en cambio recibimos. La venida del imperio de la paz no puede ser sino por la reconciliación de todas las diferencias espirituales, haciendo amigos de los enemigos, tornando en los hombres más eficaz el bien que hay en ellos que el mal, destruyendo su inclinación a la chismografía y al mal hablar, e introduciendo en su espíritu ideas o cuestiones mucho más agradables y más provechosas, haciéndoles así­ gustar de una vida que tiene leyes, generalmente desconocidas, que dan salud, felicidad y fortuna sin injusticia y sin daño a los demás. El bueno es el mejor abogado o defensor de sí­ mismo, pues hallará siempre en su camino la sonrisa de la verdadera amistad, así­ como el malo o el pecador no hallará nunca sino daño y enfermedad. El hombre o la mujer más repulsivos, la criatura más llena de engaño, traición o falsedades, necesita de nuestra piedad y de nuestra ayuda para todo, pues los tales, dando origen continuamente a malos pensamientos, son también el origen de su propia pena y sus dolencias.
En nosotros mismos podemos ver que formamos un mal concepto de una persona de la cual hemos recibido un ligero desaire o nos ha causado un daño o una injusticia, y sucede que tal concepto perdura en nosotros hora tras hora y aun quizá día tras dí­a. Hasta puede ser que nos llegue a fatigar esa idea; pero no sabemos, sin embargo, arrojarla fuera de nuestra mente, pues no tenemos en realidad defensa contra el asedio persistente de una de esas fantasiosas y perturbadoras ideas que acaban por hacer presa en el espí­ritu, y lo que hace buena presa en el espí­ritu hace también presa en el cuerpo.
Esta es la causa de que salga de nosotros contra una persona determinada un pensamiento hostil o de oposición, que no siempre parece visiblemente justificado, y es que formamos de los demás el concepto que los demás formaron de nosotros, lo cual viene a determinar un verdadero oleaje de hostiles y contrarias ideas, lanzando y recibiendo todos mutuamente esta clase de invisibles elementos y sosteniendo esta guerra silenciosa entre fuerzas invisibles, guerra en la cual siempre acaban por salir perjudicados ambos combatientes. Esta lucha de opuestos deseos y de fuerzas opuestas existe constantemente en torno de nosotros, lleno está de ella el espacio.
Esforcémonos, pues, en olvidar los pensamientos enemigos, no arrojando fuera de nosotros más que ideas amistosas y de bondad, con lo cual hacemos un acto de verdadera protección de nosotros mismos, de igual modo exactamente que podemos defendernos con las manos de un ataque corporal. La persistente idea de la amistad y de lo bueno deja de lado las ideas de maldad y las vuelve completa-mente inofensivas. La recomendación de Cristo de que hagamos bien a nuestros enemigos está perfectamente fundada en una ley natural. Y es que Cristo sabía que la idea o el elemento del bien acrecienta mucho nuestro poder y previene y desvía todo daño que nos pudieran causar los malos pensamientos.
Pidamos el completo olvido de una persona o de una cosa cuando esta persona o cosa pueda despertar en nosotros el dolor o la indignación. Pedir es un estado de la inteligencia que pone en acción fuerzas que han de darnos siempre el resultado apetecido. La petición es la base científica de la plegaria, que no es lo mismo que suplicar. Pidamos constantemente nuestra parte de fuerzas, fuera de los elementos que ya nos rodean, y mediante ellas podremos dirigir a nuestra inteligencia por el camino de las mejores y más nobles aspiraciones.
No hay límite en las fuerzas que podemos adquirir continuamente para acrecentar cada día nuestro poder espiritual. Este poder es tal, que puede alejar de nosotros todo dolor procedente de alguna honda tristeza, o de falta de bienes, o de falta de amigos, o de alguna situación desagradable de la existencia. Este mismo poder nos da todo elemento intelectual, cuando se desarrolla favorablemente, para la adquisición de bienes materiales o de buenos amigos. La inteligencia fuerte arroja fuera toda molestia, toda fatiga y todo mal humor, olvidándolos e interesándose en alguna otra cosa de mayor provecho. La inteligencia débil cae fácilmente en el cansancio y en el disgusto, y acaba por ser esclava de ellos. Cuando tememos que nos sobrevenga algún infortunio, el cual no podemos en modo alguno evitar, nuestro cuerpo se debilita, nuestras energías se paralizan; pero podemos, pidiéndolo constante-mente y sin fatiga, lograr que nos venga del exterior un poder que arroje fuera de nosotros el medroso y perturbador estado de nuestra inteligencia, siendo este poder siempre el mejor camino para llegar al triunfo. Pidamos constantemente dicho poder, y él aumentará más y más en nosotros, hasta que no conoceremos ya el acobardamiento. Un hombre o una mujer de veras valientes y sin miedo pueden realizar maravillas.
El que tal o cual individuo deje de adquirir este acrecentamiento del poder espiritual no prueba que ese poder no pueda ser por otros adquirido. Cosas aún á¡s maravillosas han sucedido en el mundo. Hace treinta años que aquel que hubiese afirmado que la voz humana podía ser oída en Nueva York desde Filadelfia, hubiera sido tenido por loco; y hoy las maravillas del teléfono se ha convertido en una de las cosas más vulgares. Hombres y mujeres: cultivemos todos y hagamos uso continuamente de este poder, y así­ podremos cumplir en este mundo maravillas tales como ni la más desenfrenada fantasí­a nunca se ha atrevido ni siquiera a sospechar.

NUESTRAS FUERZAS MENTALES Capi­tulo III EL ARTE DE OLVIDAR de PRENTICE MULFORD

La química del porvenir reconocerá¡ que es el espíritu una verdadera substancia, como hoy son tenidos por substancias los ácidos, los óxidos y todos los demás principios quí­micos.
No existe vacío alguno entre lo que llamamos el mundo material y el mundo espiritual. Ambos están constituidos por substancias o elementos en grado distinto de sutileza, fundiéndose imperceptiblemente el uno en el otro. En realidad, la materia no es más que una forma visible para nosotros de los sutiles elementos a que damos el nombre de espirituales.
Nuestro invisible e impalpable espíritu hace fluir continuamente de nosotros un elemento de fuerza tan real como la corriente eléctrica que nuestros ojos no ven. Estas corrientes espirituales se combinan con otras corrientes espirituales, y de tales combinaciones salen nuevas cualidades de espíritu, así­ como de combinaciones de varios principios quí­micos se forman principios o elementos nuevos o con propiedades nuevas.
Si arrojamos fuera elementos espirituales de odio, de pena o de dolor, habremos puesto en acción fuerzas dañosas para nuestra inteligencia y para nuestro cuerpo. El poder de olvidar no es otra cosa que el poder de arrojar muy lejos de nosotros los elementos espirituales desagradables y perniciosos, poniendo en lugar suyo los que hayan de servirnos para vivir sin dolor.
Si arrojamos fuera elementos espirituales de odio, de pena o de dolor, habremos puesto en acción fuerzas dañosas para nuestra inteligencia y para nuestro cuerpo. El poder de olvidar no es otra cosa que el poder de arrojar muy lejos de nosotros los elementos espirituales desagradables y perniciosos, poniendo en lugar suyo los que hayan de servirnos para vivir sin dolor.
El estado de inteligencia que prevalece en nosotros, o sea el carácter de nuestro espíritu, es el que conforma nuestro cuerpo y acaba por darle sus rasgos distintivos, haciéndonos odiosos o amables, repulsivos o atrayentes para los demás. Nuestro espí­ritu es el que forma nuestro modo de andar, nuestro modo de movernos y nos da los ademanes y gestos que nos son propios. El más insignificante movimiento del menor de nuestros músculos obedece a un movimiento de la inteligencia, a un deseo del espí­ritu. Una inteligencia determinada, determina siempre un especial modo de andar. Una inteligencia siempre débil, vacilante e insegura, determinará en el individuo una marcha igualmente insegura y vacilante. El espí­ritu es el que une en un solo conjunto todos los músculos del cuerpo y es también el elemento espiritual que encierra cada uno de ellos.
Contemplad a un individuo, hombre o mujer, de esos siempre descontentos, sombríos o melancólicos, o solamente de los que decimos que tienen mal genio, y veréis en su rostro las huellas de la acción de esta fuerza oculta de su espí­ritu, modelando y constituyendo la expresión singular con que los conocemos. Son muchas las personas que no gozan nunca de buena salud, porque esta fuerza acciona en ellas lo mismo que un veneno y da origen a varias formas de enfermedad. Un pensamiento muy persistente dirigido a un determinado propósito u objetivo, especialmente si este propósito ha de ser en beneficio de los demás tanto como en el propio, dará a todos nuestros nervios una fuerza extra-ordinaria, y no es en realidad más que un sabio egoísmo esta acción que ha de beneficiar a los demás tanto como a nosotros mismos. Desde el punto de vista espiritual, y en este mundo, todos nosotros constituimos una sola unidad y no somos más que fuerzas que accionan las unas sobre las otras, para el bien o para el mal, llenando esto que nuestra ignorancia llama el vacío del espacio. Estas fuerzas son como nervios que se extienden de hombre a hombre, de existencia a existencia. En este sentido, pues, todas las formas de vida están unidas y fuertemente relacionadas, de manera que bien podemos decir que todos nosotros no somos sino los miembros de un cuerpo único. Un mal pensamiento o una acción mala es como una pulsación de dolor que conmueve hasta el fin de la humanidad a millares de seres organizados. Un pensamiento bueno o una acción benévola causa, pero en sentido agradable, los mismo efectos. Es, pues, ley de la naturaleza, que la ciencia ha demostrado, que no podemos hacer a nuestro prójimo un bien real ni causarle dolor alguno sin que nosotros no participemos también de ese mismo dolor o beneficio.
La pesadumbre que causa una pérdida, sea ella de seres queridos o de bienes materiales, debilita mucho la inteligencia y el cuerpo, y nuestro dolor tampoco sirve de nada al amigo o pariente por quien lloramos, sino que más bien lo perjudicamos, pues nuestros pensamientos tristes llegan hasta las personas que han pasado ya a otras condiciones de existencia, y son fuente de dolor para ellas.
Una hora de irritación o de mal humor, haya sido expresado o no en palabras, gasta una parte de nuestras fuerzas, sin beneficio para nosotros ni para los demás, creándose tal vez, por el contrario, grandes enemigos. Directa o indirectamente, es indudable que perjudica siempre nuestros negocios. Las duras miradas y las palabras agrias alejan de nosotros a la gente de buenas costumbres. La irritación o el odio contra los demás son también elementos que contribuyen a la formación de nuestra inteligencia. Todas las fuerzas de nuestro espíritu pueden ser empleadas para nuestro gusto y en provecho propio, del mismo modo que en el plano actual de nuestra existencia podemos contribuir, en una reunión de personas de buena voluntad, con las fuerzas de nuestro cuerpo, a procurarnos alegres distracciones y comodidades.
De manera que hacernos capaces de arrojar fuera de nosotros mismos  a olvidar - un pensamiento o una fuerza que ha de perjudicarnos, es un medio importantí­simo para ganar fuerza corporal y claridad de inteligencia, y esta fuerza corporal y esta claridad de inteligencia son prendas seguras de éxito en toda clase de empresas. Es un medio también para fortalecer nuestro espí­ritu, y no hemos de olvidar que las fuerzas de nuestro espí­ritu accionan sobre otros seres, aunque se hallen a millares de leguas de distancia, con ventaja o con desventaja para nosotros, por lo cual podemos afirmar que disponemos ya de una fuerza nueva, diferente y aparte de las que son propias del cuerpo, fuerza que está siempre en acción, obrando sobre nosotros mismos y sobre los demás, y aun afirmamos que es la fuerza que está más en acción en todo momento. Pero hoy usamos de ella sin saberlo, inconscientemente, por lo tanto a ciegas, hundiéndonos así­ en el lodazal del infortunio y del error. Empleada sabiamente y con plena conciencia, esta fuerza nos proporcionarí­a todos los bienes imaginables.
Esta fuerza es nuestro propio pensamiento, y toda idea que surja de ahí es de capital importancia para la salud y el buen éxito de las empresas. Una fortuna ganada a costa de la salud no puede considerarse un verdadero triunfo.
Toda inteligencia se educa a sí­ misma, en general, de un modo inconsciente, según el peculiar carácter o las cualidades propias del espí­ritu, y una vez ya hecha esta educación, es imposible cambiarla inmediatamente. También podemos, de un modo inconsciente, haber educado nuestra inteligencia en estado de peligrosa turbación, para nuestro espíritu. Y así­ nunca hemos de dedicarnos a esta obra en estado de inquietud, temiendo una fuerte pérdida o con el recelo de que esto o aquello no suceda como deseamos, todo lo cual son fuerzas destructoras que malgastan nuestras energí­as, nos disponen mal para los negocios y nos causan pérdidas materiales y aun pérdidas de amigos.
Pidamos persistentemente, y con firme voluntad, aquella condición de carácter que notemos en nosotros decaí­da o muy débil, y la sentiremos pronto aumentada y fortalecida. Pidamos, por ejemplo, una mayor paciencia, mayor decisión o más claridad de juicio, más valor o más confianza en nosotros mismos, y veremos acrecer estas cualidades. Todas estas cualidades están constituidas por elementos reales, aunque forman parte de lo más sutil, de lo que no puede ser descubierto y reconocido por la química de la naturaleza.
El hombre que está descorazonado, desesperado, o bien triste y quejoso, es que inconscientemente ha atraído hacia sí­ los elementos de estas condiciones de vida, apropiándoselas, debido a que su inconsciente mental está muy mal educado. La inteligencia es de naturaleza magnética, y por esto atrae hacia sí toda fuerza espiritual en que se fija y la hace penetrar en sí­ misma. Despertemos la idea del miedo, y el miedo aumentará en nosotros en grado sumo. Dejemos de resistir a la tendencia del miedo, no hagamos esfuerzo alguno para arrojar el miedo, y es lo mismo que abrirle la puerta para que penetre en nosotros, esto es, hemos pedido el miedo. Fijemos nuestra inteligencia en la idea de valor, y entonces nos veremos imaginativamente valerosos, y más valerosos seremos, en realidad, cuanto más tenaz-mente fijemos esta idea en nuestra inteligencia. Esta vez hemos pedido el valor, y el valor ha venido a nosotros.
No tiene límite el mundo invisible para proporcionarnos toda clase de cualidades espirituales. Con las palabras ¨Pedid, y recibirás¨, Jesucristo quiso decir que toda inteligencia que necesite de alguna cualidad, la pida continuamente y llegará a adquirirla. Pidamos, pues, con discernimiento y obtendremos siempre lo mejor
Cada segundo que empleamos en una sabia petición, nos dará un incremento de poder, que nunca es poder perdido para nosotros. Con este esfuerzo ganamos constantemente energí­as que podemos ir acumulando, pues no las hemos de gastar en mucho tiempo. Lo que necesitamos en todas las empresas no es sino un mayor poder, para alcanzar buenos resultados y llevar adelante nuestra fortuna; poder para realizar en torno de nosotros todo aquello que nos ha de favorecer y ha de favorecer a nuestros amigos, pues no podremos dar de comer a los demás si nosotros mismos no tenemos con que alimentarnos. Este poder no es la misma cosa que reunir en la memoria las opiniones de otras muchas personas o una serie de hechos sacados de los libros, los cuales frecuentemente demuestra el tiempo que son puras ficciones. Todo hecho verdadero, en algún grado o plano de existencia, ha llegado a cumplirse por el poder del espí­ritu o por las invisibles fuerzas originadas en la inteligencia, obrando sobre otras inteligencias, ya próximas, ya lejanas, pero de un modo tan real como es real la fuerza de nuestro brazo al levantar una piedra.
Un hombre puede ser ignorante, y, sin embargo, arrojar fuera de su inteligencia determinadas fuerzas que ejerzan influencia sobre los demás, así­ están cerca o lejos, en forma que ha de resultar beneficiosa para su fortuna; mientras que el hombre estudioso trabajará con toda energí­a para obtener tan sólo una miserable pitanza, y es que en la ignorancia tiene el hombre un gran poder espiritual. La inteligencia no ha de ser como un saco donde se meten hechos y más hechos: la inteligencia no es otra cosa que un poder de acción para alcanzar aquellos resultados que se deseen. Escribir libros no es sino una pequeña parte de la acción que puede ejercer la inteligencia. Los más grandes pensadores primero trazaron el plan de su acción y después actuaron. Así lo han hecho Colón, Napoleón, Fulton, Morse, Edison y otros muchos que lograron remover y conmover el mundo; obrando de este mismo modo lograremos iguales resultados.
Todo plan, propósito o deseo que se relacione con un negocio o con un invento es una positiva producción de invisibles elementos espirituales, y recordemos que el espí­ritu es como un imán. Empezamos por producir una fuerza que va dirigida a la consecución de nuestro deseo, y si persistimos con energía en el propósito hecho, iremos acumulando fuerzas sobre otras fuerzas, las cuales de éste modo se irán fortaleciendo también cada vez más, obteniendo al fin resultados cada vez más favorables.

Cuando abandonamos un propósito, antes de haberlo conseguido, lo que hacemos es detener la aproximación de las fuerzas que venían ya hacía nosotros y detener igualmente las que habí­amos ya logrado atraer y reunir. El éxito, en todo negocio, depende de la perfecta aplicación de esta ley. La persistencia en un propósito es el mejor modo de atraernos fuerzas o elementos favorables, de modo que sea cada vez más fácil su realización en el mundo exterior.
Cuando nuestro cuerpo se halla en el estado que llamamos sueño, estas fuerzas, o sea nuestro espíritu, están en plena actividad, ejerciendo su influencia sobre otras inteligencias. Si nuestro último pensamiento antes de dormirnos ha sido de ansiedad, de recelo o de odio contra alguno, su acción tendrá para nosotros tan sólo pésimos resultados. Pero si nos sentimos alegres, confiados y nos dormimos en paz con todos los hombres, entonces nuestro espíritu será el más fuerte y su acción tendrá para nosotros los mejores resultados. Si el sol se pone sobre nuestra ira, o nuestra rabia, nuestro encolerizado espíritu, mientras durmamos, accionará sobre los demás en ese estado, y su acción solamente nos traerá perjuicio.
Tenemos, pues, una gran necesidad de cultivar el poder de olvidar lo que puede causar daño en nuestra vida espiritual, mientras el cuerpo descansa, para cambiar aquellos elementos perjudiciales en otros que sean atrayentes de lo bueno.
Hoy dí­a son inmensa mayoría los que no piensan nunca en averiguar y comprobar el verdadero carácter de su espíritu. Dejan que su fuerza mental o inteligencia se guí­e por sí­ misma, y cuando se les ocurre una idea que los perturba hondamente, no saben decir: ¨No quiero pensar en ello¨. De este modo atraen inconscientemente hacia sí­ elementos o influencias que los perjudican, y sus cuerpos enferman a causa de la clase de ideas y de pensamientos que consienten que tenga su mente.
No bien hayamos descubierto el daño que nos causa la persistencia de alguna idea perturbadora, empecemos a poner en acción el poder de arrojar fuera de nosotros esta idea, y cuanto más nos ejercitemos en resistir a estos perjudiciales pensamientos, iremos constantemente ganando más y más poder para la resistencia del mal. ¨Resiste al diablo, Dijo Cristo-, y el diablo saldrá de tu cuerpo¨. No diremos que sea lo mismo que un diablo el hecho de hacer mal uso de las fuerzas mentales; pero no hay duda que tiene aún mayor poder para afligirnos y torturarnos. Un estado de inteligencia triste o melancólico es para nosotros un verdadero demonio. Puede ser causa de enfermedad y puede hacernos perder a nuestros mejores amigos y aun originarnos importantes pérdidas materiales, debiendo tener presente que el dinero contribuye no poco a la satisfacción de nuestras necesidades y a nuestro mayor bienestar, pues sin dinero tampoco podrí­amos mejorar. El pecado que indudablemente se encierra en la pasión del oro no estriba precisamente en sí­ misma, sino en amar más el oro que las cosas necesarias que el oro nos proporciona.
Para obtener el mayor éxito en un negocio cualquiera, para hacer los mayores adelantos en un arte o para lograr todo el resultado apetecible en un estudio determinado, es de absoluta necesidad que durante el dí­a, en repetidas ocasiones, nos olvidemos de todo y concentremos todas nuestras fuerzas en aquel negocio, en aquel arte o en aquel estudio; y aun será bueno, antes de entregarnos a ellos, dejar en el más completo reposo nuestra inteligencia, para reunir nuevas fuerzas con que emprender con mayor impulso el objeto propuesto.
Estar girando continuamente en torno de un mismo plan, estudio o especulación, el cual llegaremos o no a realizar, es lo mismo que malgastar las fuerzas de nuestro cerebro en hacer girar la rueda de un molino, con lo cual nos estamos diciendo siempre la misma cosa una y otra vez, desgastando nuestras fuerzas en la repetida construcción de una sola idea, labor completamente perdida, pues con la primera vez bastaba, ya que todas las demás no son sino duplicados de ella.
Si nos sentimos siempre inclinados a pensar o hablar de un asunto o cuestión determinada y no procuramos olvidarla cuando es menester, poniéndola siempre sobre el tapete en toda ocasión y en todo lugar; si mentalmente o conversando no nos esforzamos en tomar el tono general de lo que se habla en torno, o no mostramos nunca interés por lo que interesa a los demás; si hablamos siempre tan sólo de lo que nos importa a nosotros, callando cuando se hable de otros asuntos, caemos en el peligro de convertirnos en simples y en verdaderos maniáticos, destruyendo de este modo nuestra propia reputación y nuestra fuerza.
El que así­ obra, acaba por hacer predominar en él una sola y única idea sobre todas las demás, tal vez sin quererlo, pues no ha aprendido a olvidar en determinadas ocasiones su propósito, pretendiendo, además, que los otros se adapten a sus propias miras. Por esta sola razón, ha perdido el poder de olvidar, y no puede ya arrojar fuera de su cerebro la única absorbente idea que ha venido albergando, y así cada vez lleva todavía más hacia dentro esa única idea, rodeándose, a fuerza de pensar y de hablar siempre de lo mismo, de una atmósfera o elemento espiritual tan verdadero y positivo como son los elementos que podemos ver y tocar.
Otros sienten en torno de ellos la idea o el pensamiento de otra persona, y lo sienten desagradablemente tal vez, y es que hay quienes son capaces de sentir el paso o el contacto del pensamiento ajeno con un sentido que es innominado todaví­a. En este sentido, sin embargo, que no siempre nos explicamos ni ejercitamos conscientemente, está el secreto de las favorables o desfavorables impresiones que nos causan a primera vista determinadas personas. De nuestro espíritu fluye constantemente una especie de viva corriente, lanzando al espacio elementos espirituales que afectan a otros, desfavorablemente o favorablemente para nosotros, según que sus respectivas cualidades concuerden mejor o peor y según también la agudeza de sensibilidad que tiene el espíritu con el cual choca el nuestro; y téngase en cuenta que podemos ser afectados por el pensamiento de otra persona, está muy cerca o muy lejos de nosotros. Así­, podemos decir que estamos hablando con los demás mientras está quieta nuestra lengua, y que fabricamos elementos de odio o de destrucción cuando nos hemos retirado a la quietud de nuestro dormitorio.
Un maniático se convierte muchas veces en un mártir, o él, cuando menos, lo piensa así­. No hay causa que exija indispensablemente el martirio, a menos que sea por ignorancia, pues nunca fue, en efecto, de una absoluta necesidad. El martirio implica siempre carencia de raciocinio o de tacto para la proclamación de un principio cualquiera, nuevo en el mundo. Analizad al martirizado, y siempre hallaréis en el mártir una fuerza o una idea que lo obligó a obrar en una forma antagónica y ofensiva para alguien. Un hombre de mucha inteligencia, a fuerza de pensar siempre en una misma idea, acaba por obsesionarse con ella. El antagonismo que se ha ido formando entre su pensar y el pensar de los demás ha existido primeramente en su propia inteligencia. ¨Yo no vengo con la paz “ dijo Cristo- , sino con la espada.¨  Mas ahora han llegado ya en la historia de este mundo los tiempos en que la espada será envainada para siempre. Hay personas de mucha bondad que hacen ahora uso inconscientemente de la espada, cuando de ser á¡s avisadas emplearí­an mejor sus fuerzas. Espiritualmente, podemos usar y aun abusar de la espada de la represión o corrección, y de la espada de la aversión o del aborrecimiento, contra aquellos que no escuchan o no entienden lo que decimos, y también la espada del desmerecimiento o prejuicio contra aquellos que no se avienen a adaptar nuestros peculiares hábitos o costumbres. Toda discordancia espiritual que descubrimos en nosotros contra los demás, es una verdadera espada, pero espada de dos filos, pues al herir a los otros nos hiere a nosotros mismos. Tal es el elemento espiritual que arrojamos fuera, tal es el que en cambio recibimos. La venida del imperio de la paz no puede ser sino por la reconciliación de todas las diferencias espirituales, haciendo amigos de los enemigos, tornando en los hombres más eficaz el bien que hay en ellos que el mal, destruyendo su inclinación a la chismografía y al mal hablar, e introduciendo en su espíritu ideas o cuestiones mucho más agradables y más provechosas, haciéndoles así­ gustar de una vida que tiene leyes, generalmente desconocidas, que dan salud, felicidad y fortuna sin injusticia y sin daño a los demás. El bueno es el mejor abogado o defensor de sí­ mismo, pues hallará siempre en su camino la sonrisa de la verdadera amistad, así­ como el malo o el pecador no hallará nunca sino daño y enfermedad. El hombre o la mujer más repulsivos, la criatura más llena de engaño, traición o falsedades, necesita de nuestra piedad y de nuestra ayuda para todo, pues los tales, dando origen continuamente a malos pensamientos, son también el origen de su propia pena y sus dolencias.
En nosotros mismos podemos ver que formamos un mal concepto de una persona de la cual hemos recibido un ligero desaire o nos ha causado un daño o una injusticia, y sucede que tal concepto perdura en nosotros hora tras hora y aun quizá día tras dí­a. Hasta puede ser que nos llegue a fatigar esa idea; pero no sabemos, sin embargo, arrojarla fuera de nuestra mente, pues no tenemos en realidad defensa contra el asedio persistente de una de esas fantasiosas y perturbadoras ideas que acaban por hacer presa en el espí­ritu, y lo que hace buena presa en el espí­ritu hace también presa en el cuerpo.
Esta es la causa de que salga de nosotros contra una persona determinada un pensamiento hostil o de oposición, que no siempre parece visiblemente justificado, y es que formamos de los demás el concepto que los demás formaron de nosotros, lo cual viene a determinar un verdadero oleaje de hostiles y contrarias ideas, lanzando y recibiendo todos mutuamente esta clase de invisibles elementos y sosteniendo esta guerra silenciosa entre fuerzas invisibles, guerra en la cual siempre acaban por salir perjudicados ambos combatientes. Esta lucha de opuestos deseos y de fuerzas opuestas existe constantemente en torno de nosotros, lleno está de ella el espacio.
Esforcémonos, pues, en olvidar los pensamientos enemigos, no arrojando fuera de nosotros más que ideas amistosas y de bondad, con lo cual hacemos un acto de verdadera protección de nosotros mismos, de igual modo exactamente que podemos defendernos con las manos de un ataque corporal. La persistente idea de la amistad y de lo bueno deja de lado las ideas de maldad y las vuelve completa-mente inofensivas. La recomendación de Cristo de que hagamos bien a nuestros enemigos está perfectamente fundada en una ley natural. Y es que Cristo sabía que la idea o el elemento del bien acrecienta mucho nuestro poder y previene y desvía todo daño que nos pudieran causar los malos pensamientos.
Pidamos el completo olvido de una persona o de una cosa cuando esta persona o cosa pueda despertar en nosotros el dolor o la indignación. Pedir es un estado de la inteligencia que pone en acción fuerzas que han de darnos siempre el resultado apetecido. La petición es la base científica de la plegaria, que no es lo mismo que suplicar. Pidamos constantemente nuestra parte de fuerzas, fuera de los elementos que ya nos rodean, y mediante ellas podremos dirigir a nuestra inteligencia por el camino de las mejores y más nobles aspiraciones.
No hay límite en las fuerzas que podemos adquirir continuamente para acrecentar cada día nuestro poder espiritual. Este poder es tal, que puede alejar de nosotros todo dolor procedente de alguna honda tristeza, o de falta de bienes, o de falta de amigos, o de alguna situación desagradable de la existencia. Este mismo poder nos da todo elemento intelectual, cuando se desarrolla favorablemente, para la adquisición de bienes materiales o de buenos amigos. La inteligencia fuerte arroja fuera toda molestia, toda fatiga y todo mal humor, olvidándolos e interesándose en alguna otra cosa de mayor provecho. La inteligencia débil cae fácilmente en el cansancio y en el disgusto, y acaba por ser esclava de ellos. Cuando tememos que nos sobrevenga algún infortunio, el cual no podemos en modo alguno evitar, nuestro cuerpo se debilita, nuestras energías se paralizan; pero podemos, pidiéndolo constante-mente y sin fatiga, lograr que nos venga del exterior un poder que arroje fuera de nosotros el medroso y perturbador estado de nuestra inteligencia, siendo este poder siempre el mejor camino para llegar al triunfo. Pidamos constantemente dicho poder, y él aumentará más y más en nosotros, hasta que no conoceremos ya el acobardamiento. Un hombre o una mujer de veras valientes y sin miedo pueden realizar maravillas.
El que tal o cual individuo deje de adquirir este acrecentamiento del poder espiritual no prueba que ese poder no pueda ser por otros adquirido. Cosas aún á¡s maravillosas han sucedido en el mundo. Hace treinta años que aquel que hubiese afirmado que la voz humana podía ser oída en Nueva York desde Filadelfia, hubiera sido tenido por loco; y hoy las maravillas del teléfono se ha convertido en una de las cosas más vulgares. Hombres y mujeres: cultivemos todos y hagamos uso continuamente de este poder, y así­ podremos cumplir en este mundo maravillas tales como ni la más desenfrenada fantasí­a nunca se ha atrevido ni siquiera a sospechar.


miércoles, 29 de abril de 2020

LA LUCHA POR EL PODER ENTRE ARIOS E ILUMINATIS Y LO ORDENADO POR DIOS PADRE

Dios Padre, Espíritu Santo, ordena que se debe realizar siempre por lo menos cada siete días una Reunión  o convocación Santa, y ello implica Iglesia, templo, y misa o su similar en otros grupos religiosos.
Y porque los que estudian el tema de la lucha entre el grupo de los iluminati o satánicos y los arios, siempre insisten en que debemos apartarnos de la religión y de nuestras creencias hablando que detrás de estos grupos están los extraterrestres y los seres de la oscuridad mundial y universal.
Todos coinciden en que debemos reescribir la historia no solo de los hombres por los hombres sino de  los hombres por los extraterrestres o, ahora, por la manipulación de los dos grupos en cuestión, que usan los medios de comunicación tradicionales, la cultura y el cine,  los artistas de talla mundial o nacional, entre otros,  para conducir la humanidad acorde a sus intereses.
Cada vez más, veo p. e., las películas norteamericanas, puesto que son las de mayor impacto en mi medio de vida, como educan al pueblo de manera oculta en  todos los temas religioso, científico, filosófico, sociológico, económico, biológico, tecnológico, etc. pero siempre con la misión oculta de introducir símbolos satánicos, de magia negra, perversión, hacer que a través de sicología nos identifiquemos con la maldad, el ladrón, el asesino, el político o funcionario corrupto.
Para recordar, aprender, profundizar en temas históricos, debo ver videos o programas que reexplican la historia a través de los E.T., o por medio de los masones y sus derivadas: gnósticos, rosacruces, iluminatis, cruzados, etc., que si bien educan y enseñan nuevas visiones, sin apartarnos del antropocentrismo,  pero profundizando en el europocentrismo y ahora en el usacentrismo.
Mas, todo esto escrito en sagrada escritura está, y si miramos con detenimiento y ojalá con un buen guía, notaremos que tanto a la historia de la humanidad derivada de la misma ciencia historia, y sus ciencias auxiliares, como de la Sagrada Escritura, encontraremos una verdadera fuente de sabiduría sin intoxicarnos o tener que hacer la tarea como me ha correspondido a mi: limpiando toda esa basura y usando sus propias armas y estrategias de toda índole hasta pedagógicas para extraer el conocimiento sin dejarme embaucar por sus negras intenciones.
Uno de los conceptos por ejemplo que quieren inculcaren toda la humanidad es la del yin y el yan, que buscan mostrar que hay dos caminos uno de luz y otro de la oscuridad, cuando solo existe uno el de la luz.
De lo anterior, todo grupo separatista o de despertar que induzca a la separación de la religión, y en nuestro caso de la católica, esta perdido  siendo riesgo para nosotros y nuestro espíritu ser absorbidos por esas corrientes bajas y groseras que  bien se nos pueden presentar como de luz o de camino hacia la luz.
Recordemos que, de la ciencia del bien y del mal, se puede extraer que una sola es, mas la segunda es la aplicación de lo antinatural y por ende lo que desconoce nuestra verdadera fuente espiritual que se traslada por la mental a nuestra parte física y que de todas maneras debe llevarnos a la unión con el espíritu de DIOS: el ESPITITU SANTO, en la inmensidad del cosmos. y de está manera traer a nuestro planeta el Reino de Dios y poder ser conscientes de nuestros dos mundos.

viernes, 3 de abril de 2020

CORONAVIRUS Y EL SALMO 91

Con placer registro la convocatoria de la Iglesia católica o Iglesia Cristiana  Universal, --que hoy algunos desconocen como nombre sustituto de los católicos,--  realice tal convocatoria y que desde cada casa se rece, ore y se lea por lo menos el salmo que es una forma real y concreta del acercamiento al Señor, Nuestro  Dios.
De los personajes más importantes en nuestro libros sagrado, La Biblia, es el Rey  David, por sus famosos salmos que, desde mi óptica, son una forma corta, rápida y certera de acercamiento a Dios Padre, cumplir con lo ordenado, y ver que hasta allí se anunció la venida del Mesías, Nuestro señor Jesús: El Cristo, El Cordero.
David ese joven pastor que  mató hasta leones y no le tenía temor a nada ni a nadie y que fue llevado al entonces rey Saúl, quien al escucharlo tocar su arpa y cantar sus canciones y canticos a Dios, observó que se alejaban sus malestares, dolores y espíritus malignos que le atormentaban.
Así es que Dios le proporcionó el camino al joven David, campesino él, y desconocedor del arte de la política y la guerra, para que curando o mitigando el mal del Rey, aprendiera a su lado  como se maneja una nación, y en el futuro reemplazarlo por encima de su dinastía.
El rey Saúl, famoso por su elección, igual que la de David, falló delante de Dios al incumplir su ley y hacer lo indebido por lo que Dios Padre le dijo le quitaría el trono a sus descendientes y que sería entregado a David portador de su conocimiento y de su Ley. Ley que es eterna e inmutable, hasta el fin de los tiempos donde se cita que lo último que se verá al finalizar este mundo será el Arca de La Alianza, donde están las Leyes y Mandatos originales, empezando por los primeros diez mandamientos entregado en la famosa tabla a Moisés en la Montaña sagrada.
 David que mató leones y serpientes sin temor, solo el respeto y obediencia al Señor, Nuestro Dios, se enfrentó al Famoso Goliat de los filisteos, imaginen un joven de unos quince años venciendo a un gigante guerrero de mil batallas sin temor solo con la confianza en su Dios.
Ese  joven David, cuyos méritos no le alcanzaron para tener el honor que le fue concedido a su hijo Salomón,- de construir el templo donde iba a residir Dios entre nosotros- fue quién nos dio el regaló de unos bellos escritos donde esta escrita la Biblia en forma corta, precisa y  de manera romántica, mejor dicho la Biblia cantada.
Los salmos tienen la ventaja que fueron construidos para luchar contra la maldad mientras nos acerca  a Dios y nos permite entender su Ley y Mandatos, como reza el primero : bendito el que medita en la Ley de Dios y en ella medita de día y de noche y jamás se siente en silla de escarnecedores ni hace confabulaciones con los malvados quienes siempre al fin caerán.
y como todo Escrito Sagrado, su meta es que despertemos en espíritu y lleguemos al Reino del Dios , en espíritu, y lo traigamos a nuestra tierra, su sabiduría y conocimiento para vivir más y de mejor manera en nuestros hogares y grupos sociales en que nos corresponda vivir, en éste caso nuestra Bella y Amada Colombia.
transcribo esta versión porque al ser antigua me parece mejor, más original aunque exija revisión de vocabulario y algunos sentidos de expresión.
SALMO 91
Morando bajo la sombra del Omnipotente
1El que habita al abrigo del Altísimo

Morará bajo la sombra del Omnipotente.
2Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío;


Mi Dios, en quien confiaré.
3Él te librará del lazo del cazador,


De la peste destructora.
4Con sus plumas te cubrirá,


Y debajo de sus alas estarás seguro;


Escudo y adarga es su verdad.
5No temerás el terror nocturno,


Ni saeta que vuele de día,
6Ni pestilencia que ande en oscuridad,


Ni mortandad que en medio del día destruya.
7Caerán a tu lado mil,


Y diez mil a tu
Hollarás al cachorro del león y al dragón.#Lc. 10.19.
diestra;


Mas a ti no llegará.
8Ciertamente con tus ojos mirarás


Y verás la recompensa de los impíos.
9Porque has puesto a Jehová, que es mi esperanza,


Al Altísimo por tu habitación,
10No te sobrevendrá mal,


Ni plaga tocará tu morada.
11Pues a sus ángeles mandará acerca de ti,#Mt. 4.6; Lc. 4.10.


Que te guarden en todos tus caminos.
12En las manos te llevarán,


Para que tu pie no tropiece en piedra.#Mt. 4.6; Lc. 4.11.
13Sobre el león y el áspid pisarás;

Hollarás al cachorro del león y al dragón.#Lc. 10.19.
14Por cuanto en mí ha puesto su amor, yo también lo libraré;

Le pondré en alto, por cuanto ha conocido mi nombre.
15Me invocará, y yo le responderé;

Con él estaré yo en la angustia;

Lo libraré y le glorificaré.
16Lo saciaré de larga vida,

Y le mostraré mi salvación.


sábado, 21 de diciembre de 2019

La Teoria de la relatividad y Dios

tomado de : https://www.elespectador.com/noticias/cultura/la-teoria-de-la-relatividad-y-dios-articulo-893884?fbclid=IwAR0EJpvs-citoBKBLu6M23Es9sTIsdC7JZHOosumzoI1rEY0Mot6u9SxoO4
Camilo García
La teoría de la relatividad que el genial científico judío-alemán Albert Einstein formuló hace un siglo forjó una nueva y revolucionaria imagen del universo físico que los hombres habían tenido hasta ese momento dada por las leyes de la gravitación universal descubiertas por Newton a finales del siglo XVII.
Una imagen sujeta a la realidad más esencial de ese universo y que ha servido no solo de base o premisa esencial para todas las investigaciones sobre él que los científicos han llevado desde entonces sobre este universo sino también para que todos comprendamos mejor sus rasgos fundamentales.
Esta teoría tiene dos enunciados fundamentales. El primero, que toda masa o materia es energía concentrada que cuando se pone en movimiento con velocidades cercanas a las de la luz, es decir a 300.000 kilómetros por segundo, se convierte en energía; así una pequeña masa de materia cuando se encuentra en esta condición libera una gran cantidad de energía. Fenómeno que resumió en su célebre formula de E=mc2. Esta fórmula revolucionaria se convirtió al poco tiempo en el sustento o punto de partida de la labor de algunos científicos que se propusieron lograr la fisión o la división de los átomos de la materia, en especial del uranio, para provocar la liberación de una gran cantidad de energía. Y cuando lo lograron forjaron la condición necesaria para que los más poderosos Estados del mundo, comenzando por el norteamericano, tomaran la decisión de fabricar las bombas atómicas, las mayores armas de destrucción masiva que los seres humanos han creado en su historia.
Bombas que demostraron en la realidad con creces su inmenso poder destructivo cuando el presidente norteamericano de Harry Truman ordenó en agosto de 1945 lanzarlas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki provocando no solo la destrucción de miles de edificios, casas, fábricas, puentes, etc. sino también la muerte de al menos 75.000 civiles y graves lesiones corporales, enfermedades cancerígenas, etc. a cientos de miles más. Con el argumento, o mejor, el pretexto de poner fin a la guerra con Japón el gobierno norteamericano no solo le demostró al mundo este poder destructivo de estas armas que en ese momento poseían en exclusiva –convirtiéndose así en la principal potencia militar del planeta- sino que cometió un inmenso acto de barbarie, uno de los mayores de la historia de las guerras que los hombres han librado entre sí.
Einstein, que además de ser un gran científico fue un gran humanista, amante de la paz, se opuso en la década de los 30 a los planes del gobierno norteamericano de Franklin Roosevelt de fabricar las bombas atómicas precisamente por su gran potencial destructivo. En una carta que le dirigió en 1939 le dijo que “Una bomba de este tipo, almacenada en un barco y detonada en un puerto podría perfectamente destruir el puerto entero y parte del territorio que lo rodea”. Y unos meses antes de morir, en 1955, se integró al comité internacional creado por el gran matemático y filósofo inglés Bertrand Russel con el propósito de luchar para limitar la fabricación y el uso de estas armas. Seguramente cuando Einstein formuló la ecuación científica entre materia y energía nunca se imaginó que fuera algún día empleada para fabricar estas bombas atómicas por orden del poder político norteamericano y posteriormente de la Unión Soviética y otros Estados de países ricos y poderosos del mundo. Hecho que puso de relieve una vez más –en esta ocasión con un sentido trágico- que los hombres que crean o forjan grandes obras no saben o no pueden prever todas las consecuencias que se desprenden de las mismas; y en caso de que las conozcan se les escapan de su control y poder.
El segundo enunciado revolucionario de la teoría de la relatividad es que el trayecto de movimiento de la luz en el espacio no describe una línea recta sino curva, debido a la acción gravitacional de los cuerpos físicos que la rodean. Fenómeno que confirmó la validez de las proposiciones de la geometría no euclidiana formuladas por el matemático alemán Bernhard Riemann a mediados del siglo XIX. Enunciado, además, que establece que, si suponemos o imaginamos la existencia de un cuerpo físico, del cuerpo de un ser humano, por ejemplo, que se mueva a la velocidad de la luz, ocurrirá un hecho extraordinario que nuestras percepciones naturales no nos permiten constatar: que el tiempo de existencia de ese cuerpo se prolongará, o lo que es lo mismo, que el tiempo en él transcurrirá más lentamente que el de un cuerpo semejante que no se mueva a esa velocidad. De tal manera que si ese cuerpo material se moviera de modo constante e invariable a esa velocidad, su existencia progresivamente se alargaría en el tiempo hasta hacerse infinita y “eterna”, es decir, sería una existencia que terminaría por existir libre o por fuera del tiempo mismo.
Pero, además, sería un cuerpo que terminaría estando u ocupando como la luz al mismo tiempo, simultáneamente, todos los puntos de un inmenso espacio físico. De ahí que en este caso límite el movimiento de ese cuerpo sería su negación contraria, es decir, sería un cuerpo que se encontraría en reposo o quietud absoluta. El filósofo y teólogo alemán del siglo XV Nicolás de Cusa –El cusano- en su libro La docta ignorancia sostuvo que llevadas al límite las figuras opuestas de la geometría, coinciden; así el polígono se confunde con el círculo que la encierra y una línea recta se torna semejante a una curva. La teoría de la relatividad ha mostrado hoy la validez de esta intuición filosófica de este pensador alemán en el terreno de la realidad física del universo al mostrarnos que dos propiedades o estados opuestos de los cuerpos materiales, en este caso el movimiento y el reposo, se funden en uno cuando esos cuerpos son llevados a existir en el límite absoluto de sus posibilidades reales.
Y por su parte, la teoría de la Bing-Bang, de la explosión original, que hoy es aceptada por la comunidad científica como la más plausible y válida para describir y explicar el origen del universo se basa también en este enunciado básico de la teoría de la relatividad. La diminuta masa-partícula de energía que explotó alguna vez hace millones y millones de años dando lugar a la formación de los cuerpos materiales que no cesan de expandirse corresponde o es plenamente coherente con esta situación límite absoluta que Einstein describió “imaginariamente” con su teoría. En los instantes previos a esa explosión imperaba “el reino absoluto de la nada”, es decir, no existía ningún cuerpo material que ocupara un determinado espacio y cuya existencia transcurriera en un determinado tiempo; al no existir cuerpos materiales no pueden existir el espacio y el tiempo que solo se constituyen cuando estos cuerpos se forman y existen.
Por eso la teoría de la relatividad es la teoría científica moderna del universo físico que le permite a los hombres pensar o concebir la existencia de Dios, de ese ser existente por fuera del tiempo y en permanente reposo/ movimiento que está por encima de ese universo físico-natural, como el ser que se mueve de modo constante e indefinido a la velocidad de la luz. Hecho que los hombres creyentes desde siempre han captado de modo intuitivo al atribuirle a Dios la propiedad de la luz. De ahí que esta teoría ofrece a los hombres actuales la posibilidad de pensarlo como una posibilidad lógicamente plausible, así esa posibilidad nunca se pueda cumplir en la realidad, y, por lo tanto, no se pueda probar. "Pensar la idea de Dios, que Kant consideró como propia de la actividad razón de los hombres, encontró en esta teoría fundamental el medio o recurso científico no para refutarlo de plano, como siempre desde los tiempos de la Ilustración, pensaron y piensan muchos hombres, sino, al contrario, para afirmar que la idea de Él que han forjado tiene un fundamento en el contenido racional del saber científico; que su imagen no es una representación irracional o “antinatural” que contradice los postulados básicos del saber científico de la naturaleza sino más bien una idea que este saber sostiene y reafirma como una pura posibilidad".
Idea que, sin embargo, al no poderse constatar o probar en la realidad fáctica con los medios y recursos de esas ciencias de la naturaleza los hombres no la pueden conocer. Sigue siendo como Kant lo señaló con razón hace más de dos siglos una “cosa en sí” que pueden pensar o concebir con la actividad de su razón, pero, al mismo tiempo, no pueden conocer científicamente. “Cosa en sí” incognoscible que, inesperadamente, la teoría de la relatividad, la teoría científica esencial del universo físico, contribuyó a mantener en los tiempos actuales, en los que, paradójicamente, muchos hombres han dejado de creer en su existencia, en la verdad de la idea o el pensamiento de Dios. 


lunes, 24 de junio de 2019

EL PODER DE LA ORACION

La oración, es para las personas espirituales, la herramienta más poderosa, que permite al individuo llegar al contacto con Dios Padre, sus ángeles y corte diocesana. En ocasiones veo en Facebook y páginas sociales, especializadas como demeritan la oración, igual que la religión, pretendiendo imponer en las personas una visión errónea de lo que es la oración, la religión y los comportamientos que de allí de derivan. En primer nivel de análisis, la oración permite esa comunión entre espíritus y Dios Padre, debido a que primero hay que buscar el Reino de Dios, este logro es únicamente a través del espíritu, por lo que debemos siempre al acostarnos DESEAR llegar en espíritu al Reino de Dios o las Mansiones del espíritu. por ello ritos o rituales, como el de la misa, para los católicos, el rosario para los Marianos, y las promesas de visitas a santuarios, hechas de corazón, permiten el despertar del espíritu a través de la centricidad de pensamiento, que es la concentración ciento por ciento en el evento que se realiza. En la medida que se realiza el acercamiento al Reino de Dios, se logra el DESPERTAR ESPIRITUAL, verdadera esencia de la religión, la meditación, espiritualidad o el camino del no creyente. y digo esto último, porque conocí a un caballero que es ateo y hasta blasfemo- dada su ignorancia y atrapamiento de la filosofía materialista-, que es compensada por su amor a la defensa personal y artes marciales así como de sus ayunos y amor por los animales. Por ello, los que están imbuidos por grupos orientales o por grupos satánicos o gnósticos, y en algunos casos metafísicos- seguidores de san German-, buscan degradar a los católicos y demás cristianos que se apoyan en la biblia con el ánimo de desviarlos de su corriente religiosa. En algunos casos encuentro como con los seguidores de san German, que inicialmente hablan divinamente sobre la Biblia y Jesús, el Cristo, el Cordero, y después empiezan a bajar del curubito a Jesús e introducen a san German, diciendo que ya la época de ese maestro pasó y estamos en la de san German, y ya los sacan del cristianismo. En líneas generales, todos aportan su grano de arena, y la invitación es a que conlleven a las personas al despertar de su espíritu, sin degradar a las demás organizaciones religiosas, siendo sinceros y honestos para que cada uno elija su camino. Un segundo análisis, de la oración, nos permite ver en la universalización de su vocablo, que la oración es aquella realizada cada vez que hacemos algo o pensamos en algo con intensidad, es decir siempre que pensamos o actuamos estamos orando y de esta manera caminamos en ese despertar espiritual, así obremos inadecuadamente. En la medida que crezca en nosotros ese poder espiritual, se genera automáticamente el despertar y así podemos ver nuestros errores, malas conductas y obrares, alejándonos de ellas -las malas conductas-, perfeccionándonos. de tal manera vemos que el homosexualismo, pedofilia, relaciones intrafamiliares o incestos, el robo, el asesinar- sin justa causa-: abuso del poder contra los seres humanos, animales, plantas y el planeta mismo, mentir, etc.. Por ello, el espiritismo, la brujería, hechicería y demás, son rechazadas en nuestras Sagradas Escrituras, porque TENEMOS LA CAPACIDAD de realizar la consecución de resultados y contactos espirituales sin acudir a esos mecanismos que afectan nuestro adelanto y nos desvían del correcto desarrollo. Importante si es el obrar porque nos acerca a la consecución de lo deseado, complementando y materializando lo deseado si es de este plano lo anhelado. Para las personas , digamos menos adelantadas, la oración como dice Ilda, amiga estudiosa de estos temas, no alcanza a llegar si quiera las nubes, mucho menos salir del planeta, queda la obra- que también requiere adelanto espiritual-. Otra forma de decirlo, es como mamá, se es corto de espíritu, que indica falta de fuerza espiritual, poco despertar espiritual o falta de fe; que con el obrar, se fortalece, y más, mucho más con la oración pura y fuerte. Es así, que las grandes religiones, realizan oración a las seis de la mañana, doce del día y seis de la tarde, donde buscan unirse la gran mayoría de creyentes y seguidores de ellas, incluidos los grupos que no las comparten pero si buscan su alimento espiritual. y, es que he visto en misa hasta a brujos y espiritistas alimentándose de nuestra energía espiritual y de la que trae nuestro sacerdote y sus acompañantes en la consagración. Quizá debido a sus impurezas o rechazo de Dios Padre y su Reino, pero que como nuestro cuerpo requieren de la energía espiritual para poder vivir. De allí, finalmente, la importancia de santos, santones, sacerdotes, religiosos consagrados, y de la población que pida siempre perdón por los pecadores, y que frenen los intereses contrarios que tratan de alejarnos de la religión y fe religiosa para que nos descarriemos, y ellos imponer su orden que es contrario al debido y de sentido común. así, también, que nos traigan ese reino de dios, a través de la oración.. Reino que es energía pura y sabiduría para discernir y poder obrar bien por encima de falacias y engaños.

sábado, 8 de septiembre de 2018

¡QUÉ SON LOS DONES DEL ESPÍRITU ?(II)

tomado de https://concentrarparabienvivir.blogspot.com/p/xi-que-son-los-dones-delespiritu-n-o.html ...parte II No ha de sernos en manera alguna beneficioso, sino muy perjudicial, vivir en una miserable choza, o llevar vestidos andrajosos, o comer alimentos de inferior calidad, o vernos obligados a vivir junto con personas de natural vulgar y grosero. Cristo nunca predicó que los hombres deben vivir pobremente; lo que predicó fue que siempre anduviésemos sin bolsa ni bolsillo, que vendiésemos nuestros bienes y los diésemos a los pobres. Siguiendo el verdadero sentido de esta idea, puede inferirse que la perfecta fe en el cultivo de este estado mental es lo que ha de traernos todas aquellas cosas de que tengamos necesidad. Cristo dijo en substancia: “Mira ante todo de poner tu mente y tu espíritu, de la manera más perfecta que puedas, en la línea de correspondencia y de relación con Dios, o sea la fuerza infinita del bien, y cuando hayas hecho esto, vendrá a ti la parte que hayas merecido, obteniendo así un aumento de poder espiritual que ha de alcanzarte todo aquello de que tengas necesidad”. No veo ninguna razón para no incluir entre nuestras necesidades las casas, los carruajes y los vestidos más ricos, como todo aquello que pueda ser algún placer a los ojos, a los oídos o a cualquiera de nuestros sentidos. El esplendor no envilece a nadie; tanto valdría decir que la esplendorosa luz del sol nos ensombrece. Si estamos con Dios, o sea con el infinito, cuando diligentemente lo hemos buscado, nos proporcionará buenos dones, y en verdad no pueden ser tales ni los alimentos de inferior calidad, ni los vestidos andrajosos, ni las habitaciones insalubres y sin comodidad. La profecía o adivinación es un don espiritual que poseen gran número de personas, ejerciéndolo hasta de un modo inconsciente. Nuestro espíritu, que es nuestro YO más elevado, tiene el poder de inspirarnos los mejores caminos y los mejores modos para llevar adelante los propios negocios. En mu-chas ocasiones, al toparnos por la primera vez con una persona, nos avisa y advierte ese don que la tal persona tiene un defecto de carácter contra el cual nos hemos de poner en guardia. Despreciar estos avisos es como despreciar nuestra propia profecía, contentándonos entonces con ser enteramente gobernados por el consejo o por el temor de los demás, bajo el cual nos sentiremos oprimidos o domina-dos, sin disfrutar de la libertad o independencia de la vida que desearíamos tener, y que tendríamos si hubiésemos aprendido a confiar en nuestra propia intuición, en nuestra enseñanza interna, la única enseñanza verdaderamente segura que puede guiarnos en esta y en otras existencias, porque consiste en la parte que nos corresponde en la relación de los hombres con Dios, o sea con el infinito poder del bien. Cuanto más y mejor cultivemos esta parte del infinito poder que hemos merecido, mayor claridad dará a nuestra mente y más provechosa será para nosotros su acción. Y cuando los hombres y las mujeres creen en sí mismos, y para hacer lo que se hayan propuesto han aprendido a confiar en su propio poder, sin embargo aceptando la ayuda de los demás, aunque considerando esta ayuda como secundaria para dar impulso a aquello que han resuelto emprender, significa que los tales saben ya de un modo absoluto que forman parte del Infinito Poder, y que, como parte de él que son, poseen, en más o en menos, sus cualidades y les será dable alcanzar todo aquello que un día se propusieran. Toda mente puede ser profeta con respecto a sí misma, y en su propio país; si así se hubiese reconocido, no sería el acto de profetizar tan menospreciado como ha sido y es aún, ni los hombres despreciarían tan funestamente sus internas enseñanzas, aun a costa de hacer perder a nuestra mente el poder de dirigirnos por el camino más recto, mientras seguimos los consejos de alguno que tal vez nos lleva directamente a la perdición. Nuestra mente y nuestro espíritu viven muy adelantados siempre a nuestra vida terrenal y de los sentidos materiales. Con sus superiores sentidos, de una mayor finura de percepción, puede el espíritu, en un tiempo inconcebiblemente corto, ver y cumplir las mismas cosas que más adelante verá y cumplirá también, en el plano inferior de su existencia, mediante los sentidos físicos del cuerpo. Como existe alrededor de nosotros un mundo físico, existe también con igual realidad un mundo invisible que nos rodea, constituido por elementos invisibles, y el cual en todos sus aspectos es un exacto reflejo del mundo mental o ideal de cada individualidad, con la circunstancia de que los mundos espirituales de dos personas que viven en una misma casa y se sientan todos los días a una misma mesa pueden ser tan diferentes el uno del otro como el mundo de los trópicos es distinto del mundo ártico. Cada uno de los actos que han tomado realidad en nuestro mundo visible, concerniendo muy de cerca a nuestra propia existencia, viene a ser en cierto modo el resultado de la acción de nuestro espíritu, precedido de un acto semejante en el mundo invisible; y es que los ojos proféticos del espíritu han previsto aquel acto muchos días y aun muchos años antes que se haya realizado. Esta acción de profetizar, del mismo modo puede cumplirse refiriéndose a los demás que a nosotros mismos. Ésta es la razón por la cual mu-chas veces, en el momento de realizar algún acto, nos ilumina la mente como un relámpago la idea de que anteriormente y en las mismas circunstancias habíamos ya realizado la misma acción. Y es que vemos entonces realizado en el mundo físico lo que antes vio realizado nuestra mente en el mundo espiritual, acto en que había tomado parte nuestro espíritu junto con el espíritu de las personas que no conocíamos aun físicamente, pero que conocimos en el mundo visible más adelante. Si consideramos las intuiciones o profecías de nuestro propio espíritu como si fuesen simples fantasías o inútiles divagaciones, o bien en la mayor parte de las cosas que nos conciernen nos dejamos guiar por la opinión de los demás, nunca estaremos advertidos de ningún acontecimiento ni de la fase más feliz de nuestra vida que se haya de realizar en lo futuro, y aun de esta manera podemos retardar su advenimiento, por lo cual cabe afirmar que muchas veces nosotros mismos retrasamos nuestra propia felicidad, aunque ja-más podremos destruir su posibilidad. Nuestro YO de hoy, dentro de cien años hará tal vez uso de otro cuerpo, y nuestro YO de cien años después tendrá seguramente mucho mayor poder que nuestro YO actual; y tiempo vendrá en que todos los espíritus habrán alcanzado el necesario poder y en que serán capaces de mirar a través de sí mismos, o mejor dicho: hacia atrás, viendo todas sus pasadas existencias físicas, desde la más lejana e inferior a la más elevada de todas, como si constituyesen una sola y única existencia, pues los diferentes cuerpos de que hemos hecho uso durante esas vidas vienen a ser algo así como los vestidos que hemos llevado en una sola vida terrenal. Todas las cosas que vemos y todos los sucesos que se realizan ante nuestros ojos físicos no tienen su origen en este mundo, sino en el mundo del espíritu. Las cosas materiales que existen aquí son como la imagen de las cosas que realmente existen en el mundo espiritual, pero como una imagen de orden relativamente inferior. A medida que nuestro mundo mental, el nuestro propio, adelanta y progresa, con su impulso y sus inspiraciones nos hace adelantar y progresar. Nuestro mundo espiritual es el que da calor y aliento a todas las cosas que hacemos o realizamos en esta vida, del mismo modo que el sol material da aliento y calor al mundo físico, haciendo vivir a las plantas, animales y hombres de un orden superior, también los elementos espirituales o fuerzas que actúan sobre este planeta van aumentando siempre en perfección y poder.